viernes, 29 de agosto de 2014

"...yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta senda de la caballería andante..."




 "Una angosta senda", tomada en Palacios de Benaver, por María Ángeles Merino.

Primera parte del comentario al capítulo 2.32, del Quijote. Publicado en "La acequia", en la entrada titulada "En eso hay mucho que decir ", correspondiente al día 14 de enero de 2010.

De la respuesta que dio don Quijote a su reprehensor, con otros graves y graciosos sucesos

Don Quijote tiembla de pies a cabeza y se le traba la lengua. Ha de dar la réplica a su grave y eclesiástico reprehensor, con todos los respetos, los pasados y los presentes, a la sacratísima institución que representa. Y con todos los acatamientos hacia el lugar en que se halla, un palacio propiedad de la más alta nobleza. Ante estos dos estamentos, no nos extrañe la tiritona y la lengua impedida.

Los “togados”, al igual que las mujeres, no empuñan más arma que la lengua. Con ella entrará don Quijote en batalla, en justa reciprocidad. No es un arma tan inofensiva, puede ser de doble filo…

El primer disparo: “de un religioso antes se esperan buenos consejos que infames vituperios”. A continuación le recuerda, es de suponer que no lo ignora, que las reprehensiones “santas y bien intencionadas” han de realizarse en privado y teniendo conocimiento del “pecado” por el que se reprehende, asentándose mejor sobre blandura que aspereza. Ninguna de estos tres “puntos” fueron cumplidos por el severo religioso que le llamó públicamente, “sin más ni más”, mentecato y tonto.

Tres circunstancias, por cierto, que debieran tenerlas en cuenta todos los educadores que , en este mundo, son y serán. Nunca en público , con conocimiento de la falta y mejor sobre blandura que aspereza. ¿Figuran estas palabras de don Quijote en algún cursillo, curso, cursazo , mastercillo, máster o masterazo de esos que capacitan pedagógicamente a profesores? Debieran …aunque parezcan obvias.

Don Quijote quiere saber por cuál de sus “mentecaterías” se le vitupera, mandándole a su casa a gobernar casa, mujer e hijos. ¿Mujer e hijos? ¿Por qué no pregunta primero si los tiene o los deja de tener?

Nuestro caballero no puede sufrir a este "togado" que se mete, sin consideración alguna, como quien tiene el derecho, en las vidas ajenas. Y se atreve a dar leyes a los caballeros andantes, él, el que no ha andado más allá de treinta leguas.

¿Y le parece mal buscar las asperezas del mundo para ganarse un asiento en la inmortalidad? Es lo que predican sus colegas en los púlpitos.

Tonto, le ha llamado tonto. Sería una afrenta que le tuvieran por sandio “los caballeros, los magníficos, los generosos, los altamente nacidos”. Escuche bien el de la sotana: ni magnifico, ni generoso ni altamente nacido. ¿En qué categoría lo incluye? En la de los estudiantes, esos “criados en estrecho pupilaje” que jamás han pisado las sendas de la caballería. No le concede don Quijote una categoría superior a la de bisoño estudiantillo. Y eso, a pesar de que el grave eclesiástico debe tener una grave edad…

Apunte, apunte el severo religioso. “Ambición soberbia”, “adulación servil”, “hipocresía engañosa”...esos caminos siguen algunos. ¿Todos? No, menos mal, algunos van “por el de la verdadera religión”.

Mas don Quijote, inclinado de su estrella, va “por la angosta senda de la caballería andante”, acrecentando su honra y no su hacienda. Agravios, tuertos, insolencias, gigantes, vestiglos…con todo eso ha cumplido.

Y enamorado porque “es forzoso que los caballeros andantes lo sean”. ¡Ay Dulcinea! Ahora resulta que se enamora de ti porque de alguien se tenía que enamorar, que era obligatorio. Y frío como un pez, nada de vicio…Platónico y continente. Menos mal, tobosina, que no existes porque un enamorado así…

Y nuestro caballero andante concluye la réplica. Sus intenciones siempre han sido” hacer bien a todos y mal a ninguno”. El que obra así no merece ser llamado bobo. De todas maneras, si fuera así, díganlo los excelentes duque y duquesa. Como son tan excelentes pueden decir incluso que la noche es día.

Sancho aplaude, con un ¡Bien, por Dios!, las palabras de su señor. Le pide que no insista más, que si el reprehensor niega que haya caballeros andantes…qué va a saber.

Y, entonces, repara el estirado eclesiástico en la presencia del escudero. Le pregunta si es el tal Sancho Panza, al que su amo tiene prometida una ínsula. Él, siguiendo sus refranes, se arrima a un buen señor y será como él. Y junto a él, no le faltarán ínsulas que gobernar.

El duque ve llegado el momento de seguir con la broma y, ¡faltaría más!, le ordena el gobierno de una ínsula que le sobra por ahí, una de las buenas...

Don Quijote le ordena hincarse de rodillas y besar los pies al duque, por la merced concedida. Sancho lo hace así y el grave eclesiástico no puede más, se levante mohíno de la mesa. Está por decir, pero no lo dice, que es tan sandio “Vuestra Excelencia” como los dos “pecadores”, amo y señor. Y amonesta a la pareja ducal por canonizar las locuras de los locos, siendo ellos cuerdos. Ya no come más y se va a su casa, así no tendrá que reprehender en vano. No consiguen detenerle los ruegos. Pocos ruegos los del duque, puesto que la risa se lo impedía.

(Continúa)


Un abrazo de:

María Ángeles Merino

Copiado de "La arañita campeña", de la entrada con el mismo título.
http://aranitacampena.blogspot.com.es/2010/01/yo-inclinado-de-mi-estrella-voy-por-la.html

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