viernes, 1 de agosto de 2014

Si mucho miraba el de lo verde a don Quijote, mucho más miraba don Quijote al de lo verde.


Continuación al comentario al capítulo 2.16 del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada
"Todo es artificio y traza, hasta un santo a la jineta", correspondiente al día 24 de septiembre de 2009.


Hablando de encantamientos estaban, cuando les alcanza un jinete muy bien vestidito y conjuntado: gabán verde, aderezo de la yegua morado y verde, alfanje con tahalí verde y oro, borceguíes verdes y espuelas verdes. ¡Qué empacho de verde! La yegua es hermosa, las espuelas como el oro, todo es armonioso, brillante, impecable…un pijo del siglo XVII. Nos imaginamos, en contraste, el aspecto desastrado y sucio del caballero andante, su escudero, el caballejo y el rucio.

El caminante no tiene intención de detenerse; pero don Quijote lo invita, con gran cortesía, a ir juntos. El “señor galán” se disculpa, pasó de largo ante el temor de que su yegua alborotara al caballo. Sancho le responde que no se preocupe por el castísimo Rocinante que no se desmandará,  se la pongan como se la pongan.

El del verde gabán se detiene y admira al amarillo y desaliñado pero arrogante caballero, con su flacucho rocín. El orgulloso caballero andante no se queda atrás en mirar al del gabán: cincuentón, un poquito canoso, alegre, grave…qué traje, qué apostura, un hombre física y moralmente intachable. A la legua se le nota la curiosidad y su interlocutor está encantado de satisfacerla. Don Quijote está en su mejor momento, sólo así se explica que diga eso de “no me maravillaría yo de que le hubiese maravillado”. Le dedica un resumen hiperbólico de sus muchas y cristianas hazañas como resucitador de la caballería andante, auxiliador de pobrecitas viudas, huerfanitos, etc. Y que sepa el de verde que su historia está ya impresa: “treinta mil volúmenes” que pronto serán “treinta mil veces de millares”. Qué más da unos millares, más o menos. Y que está ante don Quijote de la Mancha, así que no se maraville el gentilhombre de nada de lo que vea : esas armas abolladas, esa cara tan amarilla, ese cuerpo tan flaco…

El de lo verde tarda en dar una respuesta. Manifiesta que es ahora cuando está maravillado, puesto que no creía en la existencia de verdaderos caballeros andantes ni en “historias impresas de verdaderas caballerías”. Y no lo creyera si en don Quijote no lo hubiera visto con sus propios ojos. Y se alegra de que exista una historia verdadera para que se olviden “las innumerables de los fingidos caballeros andantes”.

¡Está tan feliz que no se irrita ante alguien que llama fingidos a sus admiradísimos caballeros! Responde, con calma, que si la duración de la jornada lo permite, espera darle a entender que “ha hecho mal” en creerlo así.

Don Quijote ha contado lo suyo, ahora le toca al de verde que se presenta como don Diego de Miranda, un hidalgo natural de un lugar cercano. En su casa, caballero y escudero están invitados, ese mismo día, a la primera comida caliente, después de muchos días de fiambre.

Su vida es la antítesis de la vida caballeresca. Es un hombre muy satisfecho consigo mismo y moderadísimo en todo. Rico, pero no exageradamente. Pasa la vida con su mujer, hijos y amigos. Caza sin halcón ni galgo, que eso cansa mucho. Pesca, suponemos que sin mojarse. Tiene setenta y dos libros, un poco de todo. Su biblioteca no cuenta con novelas de caballerías. Le gusta comer con amigos y convidarles generosamente. No es cotilla, oye misa, da limosnas, no se vanagloria, es devoto de la Virgen y confía en Dios.

Después de oír todo esto, no nos extraña que Sancho, el cual ha estado muy atento, se arrodille ante él y le llame santo, el primer santo a la jineta que ha visto. Don Diego le contesta que no es santo sino pecador, que el hermano Sancho sí es un santo, de puro simple. Don Quijote se ríe… ¡No aguanto más al santurrón! Ahora nos va a hablar de un hijo que le ha salido poeta. ¡Vaya por Dios!

Un abrazo para todos de:

María Ángeles Merino

Copiado de "La arañita campeña"

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