jueves, 21 de agosto de 2014

"Vuestras mercedes me disculparán si sufro una metamorfosis y vuelvo a ser la criatura de ojos nuevos que fui "(3)


Se ha puesto el sol en Marbesula y yo acabo aquí el comentario al capítulo.

Tercera parte del comentario al capítulo 2.26 del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada titulada "Un teatrillo de títeres que no acaba nada bien" correspondiente al día 3 de diciembre de 2009.

Don Quijote no soporta el disparate: los moros no usan campanas sino atabales y dulzainas. Y no dice nada del moro , en lo alto del minarete, que llama a la oración voceando: Alaaaaaaaaa.

Maese Pedro no da importancia a esas “niñerías” y lo relaciona con las comedias, ésas que se representan hoy en día. ¿No están, acaso, llenas de impropiedades y disparates? ¿Impide que sean aplaudidas, admiradas y que corran su carrera? Aquí le doy la razón al Maese del Mico, tuve en mente un libro con la lista de impropiedades cometidas por el llamado “Fénix de los Ingenios”, lo dejé porque, a pesar de ello, le admiro mucho. Y lo que importa es llenar el talego. Y Don Quijote, sin ganas de polémica, también termina dándole la razón.

Sigue el muchacho y rectifica sobre la marcha. Cuánta caballería persigue a los amantes y cuántas trompetas, dulzainas, atabales y tambores. Ay, que les atrapan, estamos todos en ascuas, les atarán a la cola de su caballo, morirán horrendamente torturados.

Don Quijote ve y oye a la morisma y se ve obligado a ayudar; no, no lo consentirá, manda detener a la “mal nacida canalla” y desenvaina la espada. Acuchilla, derriba, descabeza, estropea y destroza. Y si el titiritero no se agacha, termina decapitado, como un títere más. La famosa espada Durandana se queda corta al lado de ésta.

Vocea, con terrible voz, el dueño de tanto muñeco sin cabeza, advirtiendo que son figurillas, que no son auténticos moros. ¡Esto es su ruina!

Don Quijote sigue menudeando y, ahora, la emprende con el retablo, con el mahometano Marsilio y el cristianísimo emperador Carlomagno. El mono toma las de Villadiego y, a mí, me tiemblan las piernas. Reina el pánico y Sancho asegura no haber visto nunca a su señor así.

Se sosiega un poco el colérico caballero y, ahora, le toca el turno a destacar la importante labor de  la heroica caballería andante. Los que no creen en ella, que vengan aquí y miren qué hubiera sido de Gaiteros y Melisendra, en manos de aquellos “canes”.

Maese Pedro se considera tan desdichado como el último rey godo, don Rodrigo, el que pasó de tener toda España a no poseer ni una almena, ése al que una culebra le comía por donde más culpa había. Qué bellos los viejos romances, todavía no he publicado un libro sobre ellos…Bueno, a lo que iba.

Este nuevo don Rodrigo manifiesta que, antes era dueño y señor de reyes, emperadores, caballos y galas. Ahora es un desolado mendigo. Y se ha quedado sin mono, que no volverá, antes le sudarán los dientes que poder atraparlo. Hipérbole enorme. En cuanto tenga hambre el animalillo.

Ahora hay que conmover a don Quijote para que le recompense generosamente por las pérdidas. Y coloca el dedo donde más le duele, un caballero andante que ampara, endereza y hace obras caritativas…el de la Triste Figura desfigurando figuras. Se enternece Sancho y ahora el escudero es el que remata la tara de ablandar el corazón de su amo. Su señor, “tan católico y escrupuloso cristiano”, si comete un agravio te lo pagará. No llore…

Maese Pedro le hace saber que fue la fuerza de su brazo la culpable del destrozo y don Quijote confiesa que, para él, todo era real y no fingido, Melisendra era realmente Melisendra… Tuvo que cumplir con su deber de caballero andante y ayudar a los que eran perseguidos. Si le ha salido al revés, no es su culpa, sino de los encantadores que le persiguen y mudan y truecan las cosas a su antojo.

El caballero está dispuesto a pagar en buena moneda, qué le diga Maese Pedro cuánto debe. Qué bueno es este hombre y cómo le brillan los ojos de codicia al titiritero que nombra al ventero y al “gran Sancho” como “medianeros y apreciadores” del valor de lo deshecho. El “gran Sancho” se derrite.

En un curioso tira y afloja, van tasando todas las figuras. Maese Pedro sale bien parado, recibe cuarenta reales y tres cuartillos más dos reales por el trabajo de buscar al mono. Don Quijote, irónico, ordena darle para el mono y para la “mona”. Menuda borrachera. Y estaría dispuesto el generoso caballero a dar doscientos , en albricias, a quien le dijera que Gaiteros y Melisendra están en Francia, con los suyos.

El Maese no tiene empacho en añadir que eso quien mejor puede decírselo es su mono, que vendrá enseguida, por el hambre y por el cariño. Y está dispuesto a recibir los doscientos de las albricias, en nombre del mono…Esto da que pensar sobre la codicia humana, sí señor.

Todos cenamos en paz y buena compañía, a costa de la liberalidad de don Quijote. Al día siguiente, me despido y tomo el camino de regreso a mi pueblo, muy a mi pesar porque este don Quijote es un ser humano muy interesante para un docto humanista como yo.

Con esto, me despido de vuestras mercedes, esperando les haya gustado mi participación.

María Ángeles Merino me dio voz.


Copiado de "La arañita campeña", de la entrada con el mismo título.

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