miércoles, 6 de agosto de 2014

Soy el bachiller Corchuelo y un licenciado me contó a estocadas todos los botones de mi media sotanilla. Aunque soy más fuerte...



Comentario al capítulo 2.19 del Quijote. Publicado en "La acequia", en la entrada titulada "Una lección de esgrima", correspondiente al día 15 de octubre de 2009.

La parte del comentario que se sale del texto cervantino , fruto de mi imaginación, lo señalo con letra cursiva.

Alguien, con un libro en la mano, más un extraño y luminoso artefacto, se ha interesado por mí, sacándome del limbo en que habitamos los personajes secundarios del Quijote. Soy el bachiller Corchuelo y aparezco, con voz propia, en el capítulo XIX, en la segunda parte de la citada obra. No me quejo… Existe otro limbo, más silencioso, para personajes sin voz, con la sin par Dulcinea, al frente. O Aldonza Corchuelo, que tanto monta. La familia de mi padre procedía del Toboso y tal vez algún lejano parentesco…

Aparezco coincidiendo en el camino con Don Quijote y Sancho. Soy estudiante y mi compañero también, aunque nuestras sotanillas puedan relacionarnos con la clerecía. Nuestro equipaje de lo más ligero: un simple lienzo de bocací enrollado me sirve de portamanteo, por el que asoma mi única camisa blanca, además de mis recosidas medias de lana; mi compañero sólo porta sus espadas con zapatillas.

Vamos acompañados circunstancialmente por dos labradores, cargados con las provisiones adquiridas en la villa. Los cuatro venimos sobre pollinas, los cuatro estamos en ascuas por saber quién es el extraño caballero, tan “fuera del uso de los otros hombres”. Su caballo va lento, nuestras borricas son Pegasos, con alas en los pies…el caballero nos pide que detengamos el paso. Nos ofrece su compañía y se presenta como “don Quijote de la Mancha”, caballero andante en busca de aventuras. Los labradores no entienden; pero nosotros, ávidos lectores de novelas de caballerías, no podemos dejar de admirar a este singular loco.

Algunos meses han pasado desde que me gradué como bachiller, mientras mi compañero finalizaba sus estudios como licenciado, en la misma “Alma mater”. Y, durante ese tiempo, no hemos encontrado el camino que conduce a nuestra aldea manchega, donde nos esperan nuestros padres, labradores medianamente ricos. Bueno, los de mi amigo lo son un poco más.

Para poder sobrevivir, vendimos libros, ropa…A mí me queda la pollina, la ropa que me cubre, el bocací, una camisa y dos pares de medias. Al licenciado, lo puesto, dos espadas con sus zapatillas. ..y la pollina. La mejor salsa es el hambre y, aderezados con esa salsa, hemos comido tagarninas, piruétanos y cabrahígos. Alguna gallina despistada, algún palomino caído del palomar…Mas demos gracias a Dios, que nuestra aldea está cerca de aquí y, en casa de nuestros padres, nos espera el ternero bien cebado del hijo pródigo…

En un cruce de caminos, encontramos a un viejo criado de mi casa que, además de asegurarme que mi padre me recibiría con los brazos abiertos, nos contó que Camacho, el más rico de nuestro lugar, iba a casarse con la bella Quiteria
. La noticia nos causó asombro, puesto que todos sabíamos que Basilio “se enamoró de Quiteria desde sus tiernos y primeros años”. Pero el padre de la bella muchacha” ordenó de casar a su hija con el rico Camacho, no pareciéndole ser bien casarla con Basilio, que no tenía tantos bienes de fortuna como de naturaleza”.

En la venta, nos cuentan que van a ser las bodas más ricas que se han visto en mucho tiempo. Un prado totalmente enramado para que no entre el sol, danzas con espadas, con cascabeles. Y Basilio, desesperado, no come, no duerme, no vive; el sí de la novia ha de ser su sentencia de muerte. El licenciado y yo decidimos saciar nuestra curiosidad…y nuestra hambre.

Volvamos al momento en que el gran don Quijote de la Mancha se une a nuestro grupo viajero y pollinesco. Contemplamos divertidos al loco y, con la mirada, mi amigo licenciado me anima a tirarle de la lengua. Nada mejor que entrar en su terreno y dirigirnos a él como a un caballero andante, recién salido de nuestras novelas favoritas: “Vuestra merced, señor caballero, no lleva camino determinado, como no lo suelen llevar los que buscan las aventuras…” Y, de paso, le invitamos a acompañarnos a la boda de Camacho y Quiteria. Demuestra curiosidad y le cuento la historia del triángulo Quiteria-Basilio- Camacho. Sus razonamientos nos dejan con la boca abierta y rectifico, que es de sabios. En su cerebro, no hay flaqueza alguna ¿o sí?

Le habíamos dado detalles de la boda: la riqueza y liberalidad del novio Camacho, las edades adecuadas, la belleza de la novia y su linaje más limpio, su vecindad desde niña con Basilio, pared con pared como una nueva Tisbe, la decisión interesada del padre…Más las habilidades del rival en diferentes ejercicios, menudo atleta…y lo que más valoró nuestro loco cuerdo: su destreza con la espada.

Don Quijote nos dio un juicioso discurso acerca del derecho de los padres a elegir pareja para sus hijos, sobre todo para sus hijas. Si se casasen todos los que bien se quieren, desaparecería esa “juridición” paterna. Las mujeres, ya se sabe su debilidad, suelen elegir lo que menos les conviene. Se enamoran del primer guapo, o simpático, que se pone delante de sus ojos. El matrimonio es un viaje largo y para toda la vida; hay que elegir una buena compañía…sólo la guadaña de la muerte corta el nudo. Lo de siempre…lo que dice mi padre y ya decía mi abuelo. A mí tan tontas no me parecen…no las veo yo así. No son gallinas que se vayan picar mierda, teniendo trigo al alcance.

Estamos hablando de la sentencia de muerte que caerá sobre Basilio, con el sí de Quiteria; entonces interviene su criado, el tal Sancho, que habla…cómo habla. Crece nuestro asombro, al escucharle su defensa de la libertad para los enamorados. ¿Quién sabe lo que nos depara la “rodaja “de la Fortuna ? Basilio y Quiteria vivirán felices, ya que el amor “mira con unos antojos que hacen parecer oro al cobre, a la pobreza, riqueza, y a las lagañas, perlas.”¿Quién ha puesto palabras tan bellas en un rústico?

A don Quijote le irritan las palabras de su criado, qué sabrá él; pero Sancho sabe que sus palabras no son tan desacertadas. Su señor siempre es “friscal” de sus dichos y sus hechos. Y le amonesta por decir friscal en vez de fiscal y le llama prevaricador del lenguaje. Y el rústico se defiende, qué buen razonamiento el suyo; que él ni es cortesano ni ha estudiado en Salamanca. Mi compañero, el licenciado, que hasta ahora no había abierto la boca, completa el razonamiento de Sancho cuando éste alega que no puede hablar el sayagués como el toledano y, aún así, no todos los toledanos hablan bien.

¡Cuánto le gusta presumir de estudioso y bien hablado a mi amigo! Oídle: “Yo, señores, por mis pecados, he estudiado cánones en Salamanca, y pícome algún tanto de decir mi razón con palabras claras, llanas y significantes “. ¡A mí me va a venir con su superioridad académica! Creo que es el momento de hacerle bajar un escalón. Y le lanzo, cógela amigo, que hubiera sido el primero de su promoción, y no el último, si no presumiera de manejar mejor las espadas que la lengua. Me contesta, cómo no, recalcando mi condición de simple bachiller y respondiéndome que ando errado en mi opinión acerca de la ciencia de la espada.

Le replico que no es opinión sino verdad y que se lo demostraré con mis pulsos y fuerzas, sin círculos, ángulos ni zarandajas de ésas. Yo le haré ver estrellas a mediodía y él me hará poner pie en mi sepultura. Nos dedicamos lindezas de este estilo y terminamos batiéndonos, a ver quién puede más si mi fuerza o su destreza estudiada.

Don Quijote quiere ser el juez y, asiendo de su lanza, se pone en la mitad del camino, cuando ya el licenciado va contra mí. Tiro “cuchilladas, estocadas, altibajos, reveses y mandobles sin número”. Me siento como un fiero león pero, de nada me sirve. Me sale al encuentro un tapaboca de la zapatilla del licenciado, la cual beso como a una reliquia, pero sin devoción.

Finalmente, me cuenta a estocadas todos los botones de mi sotanilla, convierte mis faldamentos en colas de pulpo y derriba mi sombrero. Estoy tan agotado que arrojé la espada casi tres cuartos de legua, de lo cual dio fe uno de los labradores viajeros, el cual era escribano. Lo reconozco: la fuerza es vencida por el arte. El buen Sancho me aconseja que no desafíe a nadie a esgrimir, que me dedique a otros ejercicios en los que vale la fuerza.

Estoy contento, a pesar de todo, por haberme “caído de mi burra”. Abrazo al licenciado y ahora somos más amigos que antes. Seguimos nuestro viaje y no esperamos al que ha ido a buscar la espada, que tardará en volver, buen lanzamiento el mío.

En lo que quedaba de camino hasta nuestra aldea, la de Quiteria, mi amigo el licenciado nos da una lección con razones demostrativas, figuras y demostraciones matemáticas. Todos convencidos y yo reducido.

Llegamos de noche, resplandecen las estrellas, suenan las flautas, los tamborinos, las sonajas…Los árboles lucen luminarias, el viento es tan manso que no las apaga, los músicos cantan o bailan en cuadrillas, en el prado corre la alegría y salta el contento. Va a haber representaciones y danzas para solenizar las bodas de Camacho y las exequias de Basilio.

Don Quijote se niega a entrar en la población porque un caballero andante ha de dormir en campos y florestas. Las costillas de Sancho añoran las comodidades de la casa de don Diego.

Un abrazo de:


María Ángeles Merino

Copiado de "La arañita campeña"
http://aranitacampena.blogspot.com.es/2009/10/soy-el-bachiller-corchuelo-y-un.html


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