jueves, 14 de agosto de 2014

¿Soñaba dormido o soñaba despierto don Quijote? (2)


"...pasaba una procesión de dos hileras de hermosísimas doncellas, todas vestidas de luto, con turbantes blancos sobre las cabezas"

Segunda parte del comentario al capítulo 2.23 del Quijote, publicado en "La acequia", con el título "La cueva de Montesinos", correspondiente al día 12 de noviembre de 2009.

El anciano barbudo se presenta como el mismo Montesinos, el que da nombre a la cueva, alcaide y guardia mayor perpetua, para más señas. Don Quijote le pregunta si es verdad lo que se cuenta de él: que había arrancado, con una daga, el corazón de su amigo Durandarte, para llevarlo a Belerma, tal y como era deseo del difunto. Responde que es verdad, aunque matiza que no había tal daga sino un puñal muy afilado.

Sancho, que desconoce la Historia de España, apunta el posible nombre del artesano que fabricó el puñal, sevillano y de nuestro siglo. Don Quijote le explica que lo de Roncesvalles aconteció hace muchos años, siendo el dato del artífice del puñal, un detalle nimio.

Nos cuenta que Montesinos lo introduce en una sala fresquita, donde hay un sepulcro de mármol, sobre el cual ve a un caballero tendido, de carne y hueso, con la mano puesta en el corazón. Es el mismo Durandarte, encantado por el francés, encantador y sabio Merlín. Encantados, pero muy a disgusto, tiene allí a Montesinos y a otros. Nadie sabe para qué hizo tal cosa el galo, tal vez el tiempo lo revele. El barbudo no entiende que el yacente Durandarte se queje y suspire, estando él tan seguro de que murió en sus brazos y le arrancó el corazón, dos libras de músculo cardíaco, a petición del agonizante. Ni él ni nadie entiende algo así…

Y don Quijote, con voz de trueno, nos repite los octosílabos del romance que el “mísero” muerto vocea, aquello de « ¡Oh, mi primo Montesinos!, recordando a su pariente lo de transportar el corazón hasta su señora Belerma.

El venerable se pone de rodillas, llora, asegura a su desconfiado primo que sacó el corazón enterito, lo limpió con un pañolito de encaje, partió con él “de carrera para Francia”, lo echó sal para que no hediese ante las narices delicadas de Belerma.

Pero el sabio Merlín tiene encantada a Belerma y a todos: a Durandarte, a Montesinos, al escudero Guadiana, a la dueña Ruidera y sus hijas, y sobrinas…Quinientos años y ninguno se ha muerto. Estas últimas no están en la cueva, porque Merlín se compadece de sus femeninas lágrimas y las convierte en lagunas, las que llevan su nombre. También se apiada del escudero Guadiana, el cual es convertido en río y se esconde de puro pesar, por dejar a su señor; aunque no le quede más remedio que asomar y seguir su corriente, arrastrando su melancolía. Así de sosos son sus peces…con lo sabrosos que son los del Tajo.

¿Y qué papel ha de cumplir don Quijote en todo esto? Me lo preguntaba yo, al llegar aquí, un poco impaciente…Pues el primo barbudo dice al primo yacente que aquí tenéis a don Quijote de la Mancha, resucitador de la orden de caballería, a través del cual podemos ser desencantados. Y el muerto replica que si no es así, paciencia…Un difunto resignado…y escéptico.

Don Quijote sigue con su relato y ahora toca el turno a las llorosas y quejicas mujeres. Ve, en procesión, dos hileras de hermosísimas doncellas, de luto, con turbantes blancos, gimiendo y cantando endechas.

Al final de la comitiva, una señora muy seria, con un enorme turbante, vestida de negro, arrastrando sus largas tocas blancas, llevando en las manos un corazón acecinado ¡Es Belerma portando el de Durandarte! Nos la describe como a una señora mayor, poco agraciada y con mal color…Y especifica Montesinos que el mal color no es debido al “mal mensil” sino al intenso dolor de su corazón, el suyo, ante la visión continua del otro corazón, el de su amado. La suponíamos hermosa y joven, pero quinientos años envejecen y afean a la más bella.

Mal mensil, mal mensil, reconozco que ignoro de qué se trata, mas lo consultaré en uno de mis libros. Será algo relacionado con los meses…

El barbudo supone que Belerma, de no haber sufrido en demasía, “igualara en hermosura, donaire y brío a la gran Dulcinea del Toboso”. ¡Eso no lo puede sufrir don Quijote! Advierte, muy comedidamente, que no se compara, cada una es quien es. Montesinos se disculpa , con delicadeza, y en paz...

Sancho se maravilla de que su amo no coceara ni pelara las barbas del viejo, al mentarle así a la del Toboso. Parece ser que, en otros tiempos, hubiera reaccionado violentamente. Don Quijote le hace ver que él tiene por costumbre respetar a los ancianos y a los encantados…con más motivo.

Continúa


Un abrazo de:

María Ángeles Merino

Copiado de "La arañita campeña", de la entrada con el mismo título.
http://aranitacampena.blogspot.com.es/2009/11/sonaba-dormido-o-sonaba-despierto-don_15.html

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