jueves, 28 de agosto de 2014

Muchas y grandes cosas: doncellas, una camisa, una bronca, un cuento, un grave eclesiástico…


Un grave eclesiástico, en mi ciudad hay muchos, de piedra y de carne y hueso...

Tercera parte del comentario al capítulo 2.31 del Quijote, publicado en "La acequia"en la entrada titulada "Comienza la burla cortesana", correspondiente al día 7 de enero de 2010.

Una vez que el duque deja zanjado el tema del rucio, introducen a don Quijote en una riquísima sala donde seis doncellas, bien aleccionadas, lo desarman. Saben bien cómo le han de tratar, para que se sienta como un auténtico caballero andante, algo que ni él mismo se cree. Están obligadas a reprimir la risa, por orden de sus altísimos señores. Un hidalgo avejentado, sequísimo, flaquísimo y larguísimo, con sus escasos greguescos y su jubón, con sus quijadas prognáticas que se besan por dentro…Si las muchachas pudieran, darían rienda suelta a sus carcajadas.

Le ruegan que se deje desnudar, han de ponerle una camisa. El honestísimo y castísimo Don Quijote no lo consiente, delante de seis mujeres, jamás. Solicita que se la entreguen a Sancho y se encierra con él, no sólo por la camisa…ahora a ver ese deslenguado.

El escudero ignora el chaparrón que le va a caer encima, menuda filípica. Lo del burro no va a quedar así. Don Quijote está indignadísimo: en ese preciso y dulce momento en que, ¡por fin! , es tratado como un caballero andante, al truhán y majadero de Sancho sólo se le ocurre acordarse ¡del rucio!

Por Dios le pide que se reporte, que no descubra su villana y grosera hilaza. Porque si califican mal al criado, calificarán mal al señor; pensarán que es un caballero de mohatra, o sea de mentira. Ay, que sus inseguridades le delatan.

Don Quijote pulsa la tecla adecuada, le advierte que han de mejorar en tercio y quinto en hacienda. Para ello, ha de enfrenar la lengua y rumiar las palabras antes de soltarlas. Y Sancho lo promete “con muchas veras”, “que nunca por él se descubriría quién ellos eran.” Lo curioso es que, ante estas palabras de complicidad, el viejo hidalgo calla… ¿Amo y criado conchabados?

Se viste y se adorna. El tahalí y la espada, imprescindibles a la hora de la comida. También, el mantón y la montera. En la gran sala, las doncellas le ofrecen aguamanos con reverencias y ceremonias. Luego doce pajes con el maestresala han de llevarlo a comer, lleno de pompa y majestad, donde los duques le aguardan. Un cortejo de trece personas para un caballero andante de guardarropía. Ya está dispuesta una rica mesa, con cuatro servicios. Sancho, como criado que es, no se sentará a la mesa.

La duquesa y el duque salen a recibirlo, y con ellos un nuevo y siniestro personaje: un grave eclesiástico. Y, de golpe y porrazo, el autor, nos sorprende con unas valentísimas pinceladas, cinco “destos que”, para darnos una rápida visión crítica, de como es éste y como suelen ser los religiosos que gobiernan las casas los “príncipes”. Ineptos en su labor educativa sobre la nobleza, convierten a sus nobles educandos en miserables, estrechos de ánimo…no se calla, no, este Cervantes. Aunque, tal vez, debiera, que el Santo Oficio siempre está afilándose las uñas. Seguro que el escritor piensa en un eclesiástico concreto, muy concreto.

Después de muchas finezas, se sientan a la mesa. Don Quijote rehúsa sentarse a la cabecera, pero el duque insiste y el de los Leones ha de aceptar. Sancho contempla atónito tanta ceremonia y, ante los ruegos del duque para hacer sentar en la cabecera a don Quijote, le viene a la memoria un cuento y no se aguanta sin decirlo. Sonríe maliciosamente, va a ver su amo lo bien que encaja…

Sancho pide licencia para contarlo y don Quijote tiembla, teme que suelte alguna necedad inconveniente. Sancho entiende la preocupación de su amo e intenta tranquilizarlo, asegurando que no ha olvidado sus consejos sobre hablar bien o mal…


Don Quijote dice que no se acuerda de nada de eso, que diga lo que quiera, pero rápido. Caballero y escudero discuten: digo verdad, miente lo que quieras, pero mira lo que dices, remirado lo tengo y, al final, “echen de aquí a ese tonto que dirá mil patochadas”.

La duquesa tiene ganas de diversión y no consiente que se aparte al “discreto” Sancho, su personaje favorito y si dice patochadas, mejor que mejor.

Tras lanzar un “viva” a la duquesa, a “su santidad”, por lo bien considerado que le tiene; el escudero se pone a contar, de forma enrevesada y larga, dando detalles innecesarios, un cuento muy simple y muy corto; pero tan mal contado que irrita y se presta a confusión. Trata de un hidalgo de su pueblo, el de Sancho, que invita a comer a un labrador pobre. Éste insiste en que el hidalgo ocupe la cabecera de la mesa y, a su vez, el hidalgo desea que el labrador la tome, porque en su casa se hace lo que él manda. Al invitado le parece una descortesía y se niega. El cuento acaba cuando el hidalgo le pone la mano en los hombros y le dice: “Sentaos, majagranzas, que adondequiera que yo me siente será vuestra cabecera”.» O sea, te pongas como te pongas, mando yo.

Don Quijote se pone de mil colores, qué mal le sienta el cuentecito, tan a propósito. Los señores entienden la malicia del escudero y disimulan la risa. Es preciso cambiar de tema y la duquesa se interesa por la señora Dulcinea y si le había enviado presentes de gigantes o malandrines vencidos. Don Quijote se lamenta de sus infortunios, Dulcinea está encantada y vuelta en feísima labradora, los vencidos no la pueden encontrar.

Sancho da su versión de los hechos, para satisfacer a esta duquesa que aprecia su “discreción”. Dice que a él le pareció la más hermosa, que, al menos, en el brincar no le gana un volteador, ni un gato…No sabe mentir, la imagen de la labriega saltarina es la que conoce y a ella se rinde.

El duque, buen lector del libro, le pregunta si la ha visto encantada y responde que la vio el primero; para luego exclamar ambiguamente: “¡Tan encantada está como mi padre!”

El grave eclesiástico cae en la cuenta de que estaba ante el mismísimo don Quijote de la Mancha, cuya historia tanto leía el duque y él le decía “que era disparate leer tales disparates”. Colérico, se dirige al duque en un tono de sermón, le hace responsable ante “Nuestro Señor” de lo que hace “don Tonto”, así lo llama. Le está convirtiendo en más mentecato de lo que verdaderamente es, dándole ocasiones…

Y se dirige a don Quijote, llamándole “alma de cántaro”. Le pregunta quién le “ha encajado en el celebro” eso del caballero andante y demás. Debe volver a su casa y cuidar de hacienda e hijos. Debe dejar de vagar por ahí, dando que reír. ¿Dónde hay caballeros andantes, gigantes, malandrines, Dulcineas y todas esas “simplicidades”?

Atento está nuestro héroe a las razones del venerable, ay venerable, mi palabra favorita…Pero va  a explotar, se pone de pie, airado y dice…lo que dice en el siguiente capítulo.

Un abrazo para los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino


Copiado de "La arañita campeña", de la entrada con el mismo título.
http://aranitacampena.blogspot.com.es/2010/01/muchas-y-grandes-cosas-doncellas-una.html

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