domingo, 8 de septiembre de 2013

"una hija suya, doncella, muchacha y de muy buen parecer"


Al pensar en la hija del ventero, me he acordado de esta muchacha que ofrecía chupitos en un conocido paseo burgalés.

Comentario en torno al capítulo 1,16 del Quijote , publicado en "La acequia".

Estoy leyendo el discurso de Soledad Puértolas, el de los aliados secundarios. Después de Marcela, la nueva académica busca el contraste con la hija del ventero, un personaje “sin halo”, que nos baña en la realidad. Una jovencita sin nombre, ni pícara ni soñadora, inocente unas veces, malintencionada otras. Si Marcela, falsa pastora, se mueve en unos idílicos e ilimitados prados, al aire libre, a la hija de Juan Palomeque la imaginamos trajinando en estancias cerradas, oscuras, poco limpias y ventiladas.

Permanece silenciosa, al margen de la acción, pero Cervantes la enfoca, de vez en cuando, para que nos fijemos brevemente en ella, lo suficiente para que sepamos de su “muy buen parecer” y de las miradas y sonrisas que dedica a nuestro don Quijote.

También leo la entrada que hizo Pedro Ojeda, en “La acequia”, titulada “Una noche de sexo frustrado en la venta (Cap. 1.16). Nuestro profesor nos presenta a la hija adolescente como a “una joven atractiva que provocará la ensoñación del caballero.” Y, sin embargo, Cervantes no nos da ni una pincelada de su tierna belleza y “prefiere detenerse en la caracterización de la moza asturiana, Maritornes, uno de los varios personajes femeninos de la obra que sirven de contraste barroco con la belleza de tantas mujeres idealizadas que aparecen”.

Al llegar aquí, mi ordenador, el de la tecla “ce” ladeada, empieza a hacer lo de otras veces. Bailoteo de pantalla, extrañas ventanas emergentes…Estos secundarios no se han enterado de que se acabó la lectura colectiva del Quijote, celebrándolo sus participantes en torno a una contundente olla podrida y que nos vamos a dedicar a otro escritor…vivo. Ya no nos va a valer eso de “que nos perdone don Miguel” porque al escritor propuesto le quedan luengos años, afortunadamente, para abandonar este valle de lágrimas.



Salúdole, señora amanuense. La señora Marcela me habla mucho de vuestra merced y de otra señora principal, doña Soledad, que se interesa asimismo por mi humilde persona. Algunas de sus palabras me placen, otras no tanto. No soy pícara y, en cuanto a lo de soñadora, algunas veces sueño…tengo quince años. Inocente unas veces, malintencionada otras. Bueno…sí. Me ha parecido oír que las estancias de mi venta están poco limpias, ha de saber que las barro todos los días, buena es mi madre para eso. En cuanto a lo de poco ventiladas, los cuarterones agrietados de las ventanas dejan pasar todo el aire que precise vuestra merced.

Me gusta lo de mi buen parecer y, en cuanto a las miradas y sonrisas que dirijo al viejo caballero , don Quijote de la Mancha, son las propias de una muchacha honesta. Y es lícito que las doncellas pobres soñemos con un hombre que nos conduzca a una vida más blanda, su edad no importa tanto.

Ese profesor, el llamado Pedro, dice que provoco “la ensoñación del caballero”. Es cierto, buenas miradas echa a mi camisa de pechos y…a lo que queda fuera de la mi camisa. Su criado, el tal Sancho, me dice que “es caballero aventurero, y de los mejores y más fuertes que de luengos tiempos acá se han visto en el mundo”. No entiendo pero suena bien.

Mas todo lo estropea la pícara de Maritornes, nuestra criada, con sus trapicheos carnales. Y creo que don Quijote la confunde conmigo cuando la asturiana entra en el camaranchón, donde duerme con Sancho y el arriero morisco. ¡Con lo diferentes que somos! De muy baja estatura, encorvada, chata, tuerta y con un olorcillo que lleva encima. Aunque peque de presumida, he decir que poseo un buen talle, derecha como un huso, una cara menudilla , unos bellos ojos garzos y ...me enjuago la boca con elixir de hierbas aromáticas.

Maritornes, un poquillo furcia, se dirige al encuentro con el arriero. Y don Quijote se dirige a ella como “fermosa y alta señora” y se disculpa por no poder satisfacerla, a causa de su molimiento. Y añade que de no ser por la fe que le tiene dada a la sin par Dulcinea, no dejaría pasar en blanco la ocasión.

Molido está, me consta porque yo ayude a ponerle emplastos, que mi madre es mujer caritativa, aunque ventera. Y no sé quién es Dulcinea, pero no creo que lo de yacer con la Maritornes sea una venturosa ocasión. Esas dulces disculpas a mí van dirigidas, está soñando que le requiero de amores…

Ya sabe vuestra merced la ensalada de golpes que viene a continuación. El caballero con las quijadas ensangrentadas, el arriero golpea a Sancho, Sancho a la moza, acude mi padre, se apaga el candil, llega un cuadrillero de la Santa Hermandad y anuncia que hay un hombre muerto…No, muerto no había. Pero en este capítulo no hay más, ya le contaré. Me voy, que me llama Maritornes, creo que está enfadada. Que no, amiga, que lo de furcia no era por ti.

¿Maritornes? Sí, me gustaría hablar con Maritornes. De momento, coloco esta entrada en “La acequia”, en la del 28 de agosto de 2008.

Un abrazo de María Ángeles Merino


Pedro Ojeda dijo en "La acequia":

"Los secundarios se resisten a abandonar el ordenador de Mª Ángeles Merino, Abejita de la Vega: ahora es la joven hija del ventero quien viene a defender su versión de lo acontecido en la venta en el capítulo 16 de la Primera parte del Quijote."

Entrada copiada de "La arañita campeña":

http://aranitacampena.blogspot.com.es/2010/12/una-hija-suya-doncella-muchacha-y-de.html

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