lunes, 2 de septiembre de 2013

Sea vuestra merced servido, señor don Quijote mío, de darme el gobierno de la ínsula que en esta rigurosa pendencia se ha ganado" o ¿Qué es de lo mío?

Isla de Aquech (junto a Gaztelugatxe), una ínsula, aunque no sea la Barataria.

Comentario al capítulo 1,10 del Quijote, el titulado "De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno y del peligro en que se vio con una caterva de yangüeses",  publicado en "La acequia", en la entrada correspondiente al día 17 de julio de 2008, titulada "El diálogo, de camino".

Vayamos con el comentario. Antes de que me interrumpan, voy a ver quién anda por ahí. Con un poco de suerte, lo dicen todo ellos y yo ni mu.

 ¡Ehhhh! ¿Hay algún secundario apostado en el canalículo? ¡A mí los yangüeses! Nada, ni arrieros, ni de Yanguas. ¿Y el vizcaíno? El de Azpeitia ya anduvo por estos canalículos, no creo que vuelva.

Pincho en una nota señalada con un 1, indica que hasta el capítulo 1,15 no golpean los yangüeses, aunque el título anuncie "una caterva" de ellos. Gazapos cervantinos, ya sabéis: lo del burro, el nombre de la mujer de Sancho, el baciyelmo, etc.

No, lo he leído de cabo a rabo. Aquí no hay ningún personaje secundario que nos pueda dar su versión. Don Quijote y Sancho están en sus soledades, hablando de sus cosas, mientras hacen el camino. Pero como dice Pedro Ojeda: "¡Qué maravilla de capítulos estos en los que no pasa nada!"

Así vio la Mancha, la que esto escribe, la primavera pasada.

Un Sancho sólo "algo maltratado", con las barbas peladas y molido a coces, se arrodilla y besa  la mano . Y sea su don Quijote servido de darle el gobierno de la ínsula ganada en la reciente pendencia. Solo le falta aquello de: "es gracia que espera le sea concedida del recto proceder de Vuestra Merced, cuya vida guarde Dios muchos años". ¡Uy! Pido disculpas por la digresión funcionarial, me ha venido a la mente.

Don Quijote le explica que la  aventura vivida  no es de ínsulas "sino de encrucijadas ". Y ya ve la ganancia: cabezas rotas u  orejas de menos. Le pide paciencia, pues no faltarán aventuras donde le pueda hacer gobernador y  más que gobernador. ¡Qué decepción para el magullado escudero!

Resultado de las "encrucijadas "de don Quijote.

A pesar del chasco, Sancho, sumiso,  besa la mano y la loriga. Aunque sólo sean palabras, son de agradecer.

Caballeros con su loriga.

Le ayuda sobre Rocinante y le sigue con su asno. No sabemos quién corre más, si el amo que  "a paso tirado" va a emboscarse, o el criado que le sigue "a todo el trote". Los dos tienen miedo.

Este bosquecillo manchego sería en aquellos tiempos más tupido, para poder emboscarse.

Sancho, por aquello de  la Santa Hermandad,  propone "acogerse a sagrado" en alguna iglesia. Don Quijote le replica: ¿dónde ha visto o leído que un caballero andante haya sido puesto ante la justicia, por más homicidios que cometa?

Sancho no sabe nada de  "omecillos", ni rencores; pero sabe cómo se las gastan los de las mangas verdes con los que pelean en el campo.
Cuadrillero de la Santa Hermandad, "mangas verdes".

Don Quijote, jactancioso, espanta su miedo y el de Sancho. Él es muy capaz de librarle de los caldeos, "cuanto más de las de la Hermandad". ¿ Ha visto caballero más valeroso? ¿Ha leído historias de otro más brioso, más perseverante, más diestro, más mañoso?

En eso no yerra, Sancho no las ha leído porque... no sabe leer. Pero sabe calibrar el enorme atrevimiento de su amo. Y teme que le hagan pagar esos atrevimientos donde él sabe. ¿Peralvillo?


De momento, déjese curar esa oreja sangrante, que en las alforjas tengo hilas y ungüento blanco.


Don Quijote dice conocer la receta de algo mejor: el mágico bálsamo de Fierabrás.  Si en una batalla te parten por medio el cuerpo, como suele suceder, se encajan bien  ambos trozos, se beben dos tragos, glu glu, y ya está.

Roldán luchando contra Fierabrás.
¡La receta!  Sancho quiere la receta y para qué las ínsulas. Sacará dos reales de cada onza y a vivir tranquilo. ¿Es grande su costo? ¿Menos de tres reales para tres azumbres? ¿Qué aguarda para prepararlo  y enseñárselo?

Don Quijote le manda callar y, por ahora, no va a fabricar el mágico bálsamo. Ahora hay que curarse con las hilas y el ungüento, que la oreja duele mucho.

Mas, cuando ve rota la celada, olvida sus heridas. Y jura solemnemente, como en el romance  del marqués de Mantua: "no comer pan a manteles ni con su mujer folgar" antes de tomar venganza del que fizo tal "desaguisado". Lo de "folgar" no lo dice el de Mantua, puede ser una broma del castísimo hidalgo.


Sancho habla con mucho sentido común y sorprende a su amo. Si el caballero de Azpeitia cumplió lo ordenado y se presentó ante Dulcinea, ya ha cumplido y no merece tal venganza. Don Quijote le da la razón y anula el juramento. Pero jura de nuevo hacer la vida que ha dicho...¡mientras no quite por fuerza otra celada a algún caballero! Como hizo Sacripante con el yelmo de Mambrino;  el cual  nos dará mucho que leer, ya veréis.

El escudero trata de hacerle caer en la cuenta de que tales juramentos son en daño de la salud y de la conciencia. ¿Y dónde va a encontrar un caballero  con celada por esos andurriales? Los arrieros no llevan eso.



¿Ha de cumplir el juramento de ese loco de Mantua  que le obliga a incomodidades como  dormir vestido y no dormir en poblado? ¡Sancho conoce bien  el romance!

Don Quijote no da su brazo a torcer. Se engaña, pronto encontrarán hombres armados, más que en "Angélica la bella", otro de sus queridos libros.

Don Quijote no sale de  su mundo caballeresco y Sancho vuelve a lo de su ínsula, a ver si llega el tiempo de ganarla. Ahora el caballero tiene hambre y echa mano de sus lecturas para conformar al escudero: "Cuando faltare ínsula, ahí está el reino de Dinamarca o el de Sobradisa". A ver si se calla y saca algo de comer, lo que sea.

Dinamarca, lo más remoto.
Mendrugos de pan, un poco de queso y cebollas. No es comida de caballeros, le advierte el de las alforjas. Muy equivocado está este Sancho; que los caballeros tienen necesidad  natural de comer y, si han de comer viandas rústicas como esas, las comen. Y si no, él conoce hierbas que puede buscar.


Acaban pronto su seca comida, en paz y en compañía. Han de buscar donde alojar aquella noche. No llegan a dormir en poblado porque les falta sol. Van a dormir junto a la choza de unos cabreros, Sancho queda algo apesadumbrado. Mas don Quijote se siente feliz porque así puede dormir a cielo descubierto, cumpliendo con el juramento hecho.

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

(Ya conocéis mi empeño en escribir los comentarios a los  capítulos del Quijote anteriores a septiembre de 2008, los que me faltan)

Pedro Ojeda dice en "La acequia":

Mª Ángeles Merino, Abejita de la Vega, nos devuelve al Quijote para satisfacción de todos al comentar el capítulo 10 de la Primera parte de la novela. Y no le hacen falta secundarios para hacernos disfrutar, no.

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