viernes, 6 de septiembre de 2013

"Paréceme, señor Vivaldo , que habemos de dar por bien empleada la tardanza que hiciéremos en ver este famoso entierro..."


Un entierro mucho más antiguo que el de Grisóstomo.


Comentario a mi lectura del capítulo 13,1 del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada correspondiente al día 7 de agosto de 2008, titulada "Hacia el entierro de Grisóstomo".



Es de noche. Sentada en la cama, releo el capítulo 13,1 del Quijote. A mi lado, una ventana orientada al norte. Fuera, tiritan los tilos bajo la luz amarilla de las farolas. Pero el hada mágica del sueño hace de las suyas y mi ventana desaparece porque:


Ventana, que no balcón, y da al norte.

 Me asomo a “los balcones de Oriente”. Comienza “a descubrirse el día”, contemplo un tópico amanecer de novela caballeresca.  No es el sol con sus rayos sino el “rubicundo Apolo” tendiendo “las doradas hebras de sus hermosos cabellos”.

William Blake


Veo encinas, muchas encinas, un rebaño de cabras con sus cabreros.

De aquí.

¡Los conozco de los dos capítulos anteriores!  No son pastorcillos de égloga, son aquellos que mascaban  tasajo y bellotas. ¿Recordáis como escuchaban el quijotesco discurso de la Edad de Oro?



Despiertan a su huésped. Le dicen si está todavía con el propósito de asistir “al famoso entierro de Grisóstomo”. Nuestro caballero no desea otra cosa, se levanta y manda a Sancho que ensille y albarde. Se ponen diligentemente en camino y yo les acompaño. Aquel cabrero ya nos lo contó, ahora quiero vivirlo en directo.


Y ni un cuarto de legua llevamos andado cuando vemos venir hacia nosotros seis pastores con pellicos negros. Sus coronas de ciprés y adelfa, señales de luto y muerte por desamor, me dicen que  son pastores señoritos, de los que conocen el amor cortés. Vienen con dos de a caballo y tres de a pie.


 
Se juntan las dos comitivas. Como  todos van al entierro, caminan juntos.

Uno de los de a caballo habla con su compañero, al que se dirige respetuosamente como “señor Vivaldo”. Acabo de leer en CVC que “Se ha visto en este nombre un homenaje a Adán de Vivaldo, banquero genovés, vecino de Sevilla y amigo del autor”.

-Para servir a vuestra merced.

-¿Eh? ¿Quién me habla?

-El señor Vivaldo, señora mía, como voacé dice. Banquero, genovés, amigo del autor...puede ser. Ni afirmo ni niego. Yo sólo puedo decir aquí lo que don Miguel dejó en la estampa.

¡Cielo santo! Esta vez no es mi ordenador. Vivo dentro del capítulo 13,1. No sé cómo, pero me he convertido en personaje secundario. ¡Yo también! Debo ser la única mujer de la comitiva.


Camino con el grupo que se dirige al entierro de Grisóstomo. A mi lado va Vivaldo, ya se ha presentado y saludado; ahora me cuenta su reciente conversación con don Quijote. Y su punto de vista:

Como le digo a mi compañero, doy por bien empleada la tardanza que hiciere "en ver este famoso entierro". Un día o cuatro, nadie me espera en casa y mis rentas están a salvo. Este cuento de la bella y desdeñosa. Marcela bien lo merece.

"aquella endiablada moza de Macela"

Mi interés se acrecenta al ver a ese don Quijote, armado como un caballero andante de esas novelas que tan gratamente llenan  mis horas de ocio. Le pregunto qué le mueve a andar así y proclama su profesión caballeresca , a la cual está tan obligado. Todos mis compañeros le dan por loco y yo, por averiguar más, le torno a preguntar qué quiere decir "caballeros andantes".

¡Todos mis héroes desfilan por su boca! El rey Arturo, Lanzarote, la reina Ginebra con la dueña Quintañona, Amadís de Gaula, Felixmarte, Tirante, Belianís...No deja ni uno. Se los ha leído todos. Más que yo. Y dice que así se va por " estas soledades y despoblados buscando las aventuras". Y ofrecerá su brazo "en ayuda de los flacos y menesterosos".

De aquí.
Yo, por "pasar sin pesadumbre" el camino, quiero darle ocasión a que pase "más adelante con sus disparates". Le tiro de la lengua asegurando que la suya es "una de las más estrechas profesiones que hay en la tierra". Tiro un poco más y afirmo que "aun la de los frailes cartujos no es tan estrecha".

De aquí.

No esperaba esto. Sus razonamientos son propios de  hombre cuerdo y de claro entendimiento. Concluye que ni se le pasa por pensamiento que sea "tan buen estado el de caballero andante como el del encerrado religioso". Sólo opina que "es más trabajoso y más aporreado, y más hambriento y sediento, miserable, roto y piojoso". Don Quijote sabe que hay que ser prudente cuando se toca a la clerecía. Buenas pulgas se gasta el Santo Oficio.

Después le planteo un comportamiento poco cristiano  de los novelescos caballeros. Y es que , ante los peligros, se encomienden a su dama en lugar de encomendarse a Dios. Me responde que es uso y costumbre andantesca volver "blanda y amorosamente" los ojos hacia su señora; pero que no por eso dejan  de encomendarse a Dios, que tiempo y lugar les queda.

De aquí.

Y yo, deseando pillarle en falta, le expongo otro escrúpulo: si se les enciende la cólera y han de enfrentarse y uno cae muerto...¿cuándo se  encomienda a Dios el caído? A esto no me da respuesta alguna. Pero cuando añado que no todos los caballeros son enamorados, me contesta contundentemente "que eso no puede ser", no sería caballero legítimo.

Me viene a la memoria el caso de Galaor, caballero sin dama señalada. Se lo planteo y me sale al quite con eso de
"una golondrina sola no hace verano" .  Y que él lo sabe bien, estaba secretamente enamorado.







Una golondrina no hace verano, ¿dos?
 
¿Y la dama de don Quijote? Le suplico que "nos diga el nombre, patria, calidad y hermosura de su dama". Aquí da un gran suspiro y me la presenta así: "su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad, por lo menos, ha de ser de princesa, pues es reina y señora mía; su hermosura, sobrehumana..." ¿Princesa? ¿Reina? Aquí desvaría.

"Los cuentos de la abuela" (Kety Morales)

Muchas horas de lectura tiene este loco. Demuestra ser buen conocedor de  los "quiméricos" tópicos con que los poetas adulan a las damas. Y  todos adornan a la suya: "sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve..."



Sigo con mi examen y le pregunto por "el linaje, prosapia y alcurnia" de la tobosina. Me responde con una relación de antiguos linajes, comenzando por los romanos "Curcios, Gayos y Cipiones". Dulcinea no desciende de ninguno de ellos sino que "es de los del Toboso de la Mancha, linaje, aunque moderno, tal, que puede dar generoso principio a las más ilustres familias de los venideros siglos". No pongo objeciones, me limito a reconocer que "semejante apellido no ha llegado a mis oídos".

Dulcinea del Toboso

El señor Vivaldo calla. Por la quiebra baja la comitiva fúnebre que buscamos. Cuatro pastores llevan a Grisóstomo en unas andas cubiertas de flores. Estamos "donde él mandó que le enterrasen". Al pie de una "dura peña", comienzan a cavar la sepultura.

Todos los allí presentes contemplamos al difunto Grisóstomo: "cubierto de flores... vestido como pastor, de edad, al parecer, de treinta años; y, aunque muerto, mostraba que vivo había sido de rostro hermoso y de disposición gallarda".


"Entierro de Grisóstomo", Doré.
Libros y papeles rodean su cuerpo. Uno de las andas, su amigo Ambrosio, ha de cumplir lo dispuesto en el testamento. Al pie de esta peña vio por primera vez a Marcela, a la que llama "aquella enemiga mortal del linaje humano". Aquí"le acabó de desengañar y desdeñar". Aquí quiso que le sepultaran, "en las entrañas del eterno olvido".  
Ambrosio pronuncia un discurso, todo son alabanzas para Grisóstomo y reproches para Marcela:

"Único en el ingenio, solo en la cortesía, estremo en la gentileza, fénix en la amistad, magnífico sin tasa, grave sin presunción, alegre sin bajeza, y, finalmente, primero en todo lo que es ser bueno, y sin segundo en todo lo que fue ser desdichado. Quiso bien, fue aborrecido; adoró, fue desdeñado; rogó a una fiera, importunó a un mármol..."

¿Fiera? ¿Mármol?  Me muerdo la lengua para no soltar yo otro discurso paralelo, en defensa de la libertad de Marcela. No puede ser,  yo no soy personaje del Quijote, sólo lectora y comentarista entusiasta.

De aquí.
Todos miramos los papeles. Ambrosio nos dice que bien pudiera mostrárnoslos pero no puede. La orden del difunto fue "que los entregara al fuego en habiendo entregado su cuerpo a la tierra".
El señor Vivaldo interviene y manifiesta que "no es justo ni acertado que se cumpla la voluntad de quien lo que ordena va fuera de todo razonable discurso". Emplea buenos argumentos. Le pone el ejemplo de Augusto que desobedeció la orden de quemar la Eneida. Y expone que , dando vida a estos papeles, servirá de ejemplo "a los vivientes para que se aparten y huyan de caer en semejantes despeñaderos". Y ruega al "discreto Ambrosio" "que, dejando de abrasar estos papeles, me dejes llevar algunos dellos".

De aquí.
Vivaldo está acostumbrado a hacer su voluntad sin que se lo impidan. Sin aguardar la respuesta, alarga la mano y toma algunos de los papeles más cercanos. Abre uno de ellos y ve que se titula "Canción desesperada".

Ambrosio no se ha  atrevido a quitárselo. Resignado, le pide que lo lea en voz alta, por ser "el último papel que escribió el desdichado". Vivaldo lo hará de buena gana. Todos los "circunstantes" nos ponemos  a la redonda. Yo también estoy deseando oírle, pero...




Me despierto, la ventana es ventana y el Quijote sigue ahí. Es de día. ¿Cómo pude entrar ahí dentro?


Un abrazo para todos los que me seguís de:


María Ángeles Merino

Pedro Ojeda dice en "La acequia":

"Mª Ángeles Merino sigue haciéndonos el regalo frecuente de volver al Quijote para completar el comentario de aquellas entradas que tenía pendientes. En este caso, toca el capítulo 13 de la Primera parte. Tiene un giro sorprendente: ahora su ordenador no será poseído por un secundario, sino que..."


Entrada copiada de "La arañita campeña":

http://aranitacampena.blogspot.com.es/2012/03/comentario-mi-lectura-del-capitulo-131.html

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