sábado, 6 de diciembre de 2014

"Vuesa merced...es mujer dignísima de un gobernador archidignísimo, y para prueba desta verdad reciba vuesa merced esta carta y este presente."(1)


Ana Queral pinta al Quijote.

Primera parte del comentario al capítulo 2.50 del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada titulada "La burla se extiende", correspondiente al día 20 de mayo de 2010.

Donde se declara quién fueron los encantadores y verdugos que azotaron a la dueña y pellizcaron y arañaron a don Quijote, con el suceso que tuvo el paje que llevó la carta a Teresa Sancha, mujer de Sancho Panza


Comienza el capítulo y jugamos, otra vez, con la muñeca rusa de los narradores de esta gran obra. El narrador, la voz textual anónima, nos dice lo que dice el cronista, el morisco Cide Hamete, al que califica de “puntualísimo escudriñador de los átomos de esta verdadera historia”. O sea, grandísimo cotilla.

Cide nos revela que la duquesa y Altisidora fueron las que vapulearon y pellizcaron a la Rodríguez y a Don Quijote, respectivamente. Algo que ya sospechábamos porque, fácilmente , se despiertan los demonios de la ira y la venganza en las mujeres, si se pone en entredicho su hermosura. Carros y carretas, suelen soportar las féminas, pero la belleza, ni tocarla.

¿Cómo va a sufrir la duquesa que esa deslenguada dueña destape el “Aranjuez de sus fuentes”? Su recóndito secreto de belleza: esos desaguaderos que destilan sus malos humores. Y de mil amores, que no humores, le acompaña “Altisidorilla”, furiosa también , ésta por insinuaciones acerca de su mal aliento.

Y, ahora, sabemos de otra dueña que la ve levantarse del lecho, la sigue sigilosamente y va con el cuento a su señora: la Rodríguez, en estos momentos, se encuentra en el aposento del invitado, don Quijote. ¡Qué deber tan penoso para la pobre dueña anónima!

El primer impulso de la duquesa es acudir con inmediatez, mas las grandes señoras también están sometidas a su dueño y señor esposo, al que han de pedir licencia. Mendigas, campesinas, sirvientas, hidalgas, duquesas se igualan, no dan un paso sin permiso marital.

El duque, divertido, da consentimiento y ellas “con tiento y sosiego”, se colocan junto a la puerta del aposento y pegan la oreja. Cuando oyen lo de las fuentes, empujan de golpe la puerta, coléricas y vengativas.


Ana Queral pinta al Quijote.

¡Cómo disfruta el duque con el relato que le hace su media naranja! La duquesa se anima, hay que seguir con el pasatiempo quijotesco. Que venga aquel paje que hizo de Dulcinea. Va a enviarlo a casa de Teresa Panza, con dos cartas, una de su marido y otra suya. Una sarta de ricos corales, con una miaja de oro, será el presente que deslumbre a la villana.

El “discreto y agudo paje” parte de muy buena gana, hacia la aldea de Sancho, con esta misión que promete ser tan divertida y bien remunerada.

Y, de golpe y porrazo, el paje se encuentra en las afueras del pueblo. Hay un arroyo, donde lavan unas cuantas aldeanas. El mensajero pregunta si vive allí Teresa Panza, mujer de Sancho Panza, escudero de don Quijote de la Mancha.



Parece que mi ordenador vuelve a recibir alguna extraña visita. Nada me causa asombro, después de haber recibido a tantos personajes quijotescos, de segunda línea.

Veo la imagen de una mujer muy joven, no tiene nada que ver con la dueña Rodríguez. Sí, es casi una niña, va descalza y lleva los cabellos largos y enmarañados. Viste una saya corta y descolorida, las corvas al aire y no demasiado limpias, la camisa remendada y enorme.

Me hace señas, quiere comunicarse conmigo. ¡Habla! ¡Escuchémosla!

Saludo a vuesa merced. Sanchica me llaman, pa servir a Dios y a usté. Soy hija de Sancho Panza, escudero de ése que dice llamarse don Quijote de la Mancha...don Alonso Quijano, hidalgo natural de nuestra aldea. Vengo a visitarla a usté, pa contarle como fue lo de la vesita del paje, el del señor duque, el que dio gobierno a mi padre.

Me escapé del limbo de los personajes, me aburría. Allí hay pocas muchachas de mis años. Y las hay mu estirás, como ésa que se escapó de casa, con su hermano y la ropa cambiá.

Así que le cuento, señora que hace letras:

Aquel día estaba lavando la ropa, en el arroyito que pasa cerca del pueblo, junto a mis amigas. Mientras trabajamos, hablamos de nuestras cosas y no nos damos cuenta de lo fría que está el agua o de lo que pesa la ropa mojada.

Cuando aparece aquel mensajero del duque, a caballo, lo miramos embobadas, qué ojos tentadores, qué talle tan garrido…

Cuando va y pregunta por Teresa Panza, mujer de Sancho Panza y escudero de don Quijote. Ay, diome un vuelco el corazón. Me levanto, con presteza y le aclaro que ésos son mi madre, mi padre y nuesamo.

El buen mozo me llama doncella y me pide que le lleve con mi madre, que trae una carta y un presente del mío padre. Suelto la ropa, la María la recoge y pa casa, que harta pena tiene mi madre. Tiempo ha que no sabe nada de padre. El de los ojuelos tentadores masegura que las nuevas son buenas, que son de las de dar gracias a Dios.

Salto, corro, brinco y ya estoy en la puerta de mi casa. Llamo a voces a mi madre, que salga, que viene un señor que trae cartas y cosas de padre. Está hilando un copo de estopa y sale a ver qué pasa. Lleva esa saya parda que tuvo que cortar porque se chamuscó, al arrimo de la lumbre. Guarda la saya nueva para ir a misa, los domingos. El corpezuelo pardo y la camisa de pechos no están tan mal…Ya es un poco vieja pero tiene fuerza para tirar del arado, en las largas ausencias de padre.

Me pregunta quién es el señor y el de a caballo se presenta como “un servidor de mi señora doña Teresa Panza”. Se arrodilla , le llama “vuestra merced” y le pide las manos como mujer no sé qué del señor Sancho Panza, gobernador de no sé cuántos.

Mi madre no quiere hacer nada de eso, que ella es una probe labradora y mujer de un escudero andante, que no gobernador. Y el mensajero responde que es mujer dignísima de un gobernador archidignísimo y, como prueba, ahí tiene la carta y unas güeltas de corales que le pone al cuello. La carta es del señor gobernador, que es padre. La sarta es de la duquesa esa.

Pasmadas quedamos y yo digo que todo eso es cosa de nuestro amo don Quijote, que le habrá dado a mi padre el gobierno prometido. Nos contesta que así es, por don Quijote es Sancho gobernador de la ínfula Barataria, que así lo dice la carta.

Le pedimos que nos la lea, que no sabemos leer. Nos lee primero la de padre, no la entiendo, no sé que dice de azotes que le daban. Mi madre es mujer de un gobernador, eso está claro, y en coche ha de ir. Y envía un sayo verde para que me haga una saya, me gusta ese color.

Después, saca de su faltriquera la carta de la duquesa. Qué señora, la llama amiga Teresa, nada menos. La bondad y el ingenio de padre la movieron , no sé de dónde, y ella pidió a su marido le diese un gobierno de una ínsula, que tiene muchas.

Y la gobierna muy bien y está muy contenta, y el duque también. Da gracias al cielo que no es tan fácil pillar uno así. En que es difícil encontrar uno como Sancho Panza, estoy de acuerdo.

Y envía a su “querida mía” la sarta de corales, con los padrenuestros de oro. Da a entender esta mujer que el collar es poca cosa, que más adelante cuando se traten...Duquesa y gobernadora, a partir un piñón.

Y lo más importante de la carta es que habla de mí y que me apareje, me dice. Me ha de casar altamente, mas a mi lo altura del mancebo me da igual.

Y esta mi casamentera pide dos docenas de bellotas gordas, que le escriba largo y si hubiere menester de algo, no tiene más que boquear. Como pez fuera del agua, entiendo yo. Y se despide y firma, sin poner su nombre de pila. La duquesa y ya está. No hay muchas, creo yo.

Mi madre se derrite oyendo la carta. Y le sale fuera el desprecio que las hidalgas del pueblo muestran hacia las labriegas, como nosotras. Que aprendan de esta duquesa, que a mi madre trata como igual. Un celemín de bellotas le enviará, faltaría más.

Y me dice que atienda al de los mensajes y a su caballo. Y que saque de la caballeriza güevos, querrá decir el gallinero, está que no sabe lo que dice. Y que corte tocino, para prepararle un empedrado de huevos con torreznos. Es lo que piensa mi madre que come un príncipe. De los corales, quiero la mitad y con el finísimo paño haré un apaño. Viva mil o dos mil años el gobernador y viva el que tan buenos presentes me trae.

Desaparezco y dejo hablar a mi madre…

(Sigue)

Un abrazo de María Ángeles Merino

Copiado de "La arañita campeña", de la entrada con el mismo título.
http://aranitacampena.blogspot.com.es/2010/05/vuesa-mercedes-mujer-dignisima-de-un.html

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