jueves, 25 de diciembre de 2014

"...querría que...desafiásedes a este rústico indómito y le hiciésedes que se casase con mi hija..."


Foto tomada en la exposición "Vistiendo el rito"

"...querría que antes que os escurriésedes por esos caminos desafiásedes a este rústico indómito y le hiciésedes que se casase con mi hija, en cumplimiento de la palabra que le dio de ser su esposo antes y primero que yogase con ella..."


Donde se cuenta la aventura de la segunda dueña Dolorida, o Angustiada, llamada por otro nombre doña Rodríguez.

El narrador, la voz textual anónima, nos cuenta lo que el cronista Cide Hamete nos dice . Al parecer, una vez que don Quijote curó de los arañazos gatunos, la vida del castillo, tan regalada, le parece impropia de un caballero andante. Ha de pedir licencia a los duques, porque desea acudir a las fiestas de Zaragoza, para ganar el codiciado arnés reservado al vencedor, en las justas. Aquel día, sentado a la mesa de los duques, iba a poner en obra su intención, mas irrumpen dos mujeres enlutadas, como dos frascos de tinta.

¿Qué le pasa a este ordenador? Ventana emergente. Vaya, otra visita, a ver qué personaje secundario aparece ahora. Es una vieja conocida, con sus albas tocas y su negro hábito monjil. No, no se enfade por lo de vieja, doña Rodríguez, un placer verla de nuevo. Hable, hable, soy toda oídos.

Saludo a vuestra merced y leo el título del capítulo. Su autor estuvo acertado al llamarme “segunda dueña Dolorida o Angustiada” porque así es. Y mi hija, mi pobre niña, no lo está menos. ¡Ay, que desgracia la nuestra!¡Lo de Trifaldi fueron tortas y pan pintado! Le cuento:

Entro en la sala y me arrojo a los pies del caballero andante, mi tabla de salvación. Tendida, le beso repetidamente los pies. Suspiro, gimo, lloro. Todos están confusos. Los duques, tal vez, piensan que los criados han preparado una nueva burla,como ya tienen costumbre…

Me presento tan cubierta que nadie conoce mi identidad. Mas don Quijote,con presteza me levanta del suelo y hace que me descubra. Mi pobre niña, ay, la pobre imprudente que yació con aquel mal hombre, ay, también alza su espeso velo.

Admirados quedan los que me conocen y más mis señores, los duques. Saben que soy mujer pobre y discreta. Muy lista no soy, tonta tampoco. La desesperación me lleva hasta aquí.

Me vuelvo hacia sus excelencias y les pido licencia para departir con el andante caballero. Es mi única esperanza, ha de deshacer este tuerto. Mi señor, el duque, me la concede. Enderezo la voz y me dirijo a don Quijote, tal y como, pienso yo, se ha de hablar a un valeroso caballero andante. Lecturas caballerescas no me faltan, sé hablar en arcaico.

¡Esa sinrazón y alevosía que un mal labrador tiene fecha a mi fija.! Prometiome enderezar el tuerto que le tiene fecho. ¡Cuántas efes! Agora me llega la noticia que quiere partir deste castillo, en busca de las buenas venturas que Dios le depare.
Antes de que se me escurra, como una anguila, ha de desafiar al rústico indómito y forzarle a cumplir con la promesa que a mi hija fizo, antes de yogar con ella. Y ya se sabe que una vez de haber yogado, nada de lo prometido. No rima, pero vuestra merced me entiende.

Y con el duque no puedo contar, que es pedir peras al olmo. Y así lo digo delante de las ducales narices. Espero no ser castigada por mi atrevimiento.

Don Quijote responde, con gravedad y prosopopeya caballeresca. Se dirige a mí como “buena dueña” y, con exquisita cortesía, me exhorta a templar o enjugar mis lágrimas y a ahorrar suspiros; que él toma a su cargo el remedio de mi hija… fija, a la cual hubiera estado mejor no creer promesas de enamorados, lo que le digo yo.

Y, con licencia del duque su señor, está dispuesto a partir en busca del desalmado, para hallarle y matarle si no cumple. Es su oficio…

El duque, satisfecho, menos mal, da todas las facilidades. No hay que buscarlo, ni pedir licencia para desafiarle; que él le da por desafiado, se lo hará saber y acudirá al castillo, donde dispondrá de campo franco para combatir.

Don Quijote renuncia transitoriamente a su hidalguía para poder combatir con el dañador y le reta, en ausencia, en razón del mal que hizo con la doncella que ya no lo es, mi pobre niña. Cumplirá o morirá.

Luego cumple con el ritual retador: arroja un guante y el duque lo alza, aceptando el desafío, en nombre de su vasallo. Será dentro de seis días, en la plaza del castillo y con las armas acostumbradas de los caballeros: lanza, escudo y arnés.

Para la debida ejecución del desafío, he de poner el derecho de mi justicia en manos de don Quijote. Así lo hago de buen talante, pero mi hija disimula mal su disgusto y su vergüenza, aunque acepta. Eso de que se airee su desliz…

Nos retiramos y la duquesa da la orden de que no nos traten como a criadas sino como a señoras aventureras que vienen a pedir justicia. Nos alojan en un cuarto aparte y nos han de servir como a forasteras. Espantadas y enojadas están mis compañeras. Las oigo murmurar, dicen algo de la sandez y desenvoltura de la Rodríguez y su malandante hija. Son unas víboras…

Desaparezco.

(Sigue el comentario, aunque se vaya la Rodríguez)


Un abrazo de María Ángeles Merino

Copiado de "La arañita campeña", entrada con el mismo título.
http://aranitacampena.blogspot.com.es/2010/06/querria-quedesafiasedes-este-rustico.html


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