sábado, 26 de julio de 2014

¿Qué tomaste? Tomé cecial. Tomé Cecial, un efímero escudero.




1. (Del lat. * siccialis, de siccus, seco.) m. Merluza u otro pescado parecido a ella, seco y curado al aire. Ú. t. c. adj. Pescado CECIAL .

Comentario al final del capítulo 2.14 y del 2.15 del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada titulada "Cuál es más loco" , correspondiente al día 17 de septiembre de 2009.



Habla Tomé Cecial.

Andaba yo en el limbo de los personajes secundarios del Quijote cuando vino alguien, tal vez un lector nuevo, pidiéndome que me presentara y así lo hice.

Mi nombre es Tomé Cecial y vivo en la misma aldea que don Alonso y Sancho Panza. De este último soy compadre, por haber apadrinado, en la pila bautismal, a su Sanchico. La desafortunada combinación de mi nombre con el apellido siempre ha sido motivo de burla por parte de mis vecinos: ¿Qué tomaste? Tomé cecial. El pescado cecial, o pescado seco, bacalao o merluza, ha sido siempre mi cruz.

Voy a contarles mi corta aventura, no quise fuera más larga, junto al joven bachiller Sansón, el hijo de mi tocayo Tomé Carrasco. Cierto día estaba yo destripando terrones cuando viene a mí este muchacho, siempre con ganas de reírse del prójimo y me cuenta que necesita ¡un escudero! ¡Demasiados novelones ha leído este chico! Mejor haría ocupándose de las fincas paternas, harto abandonadas. Yo le seguí la broma y me ofrecí para tan anticuado oficio. Me cogió la palabra y, al día siguiente, estaba ya de camino, en su armada compañía y en la de unas repletas alforjas: queso, fiambres, empanada de conejo albar y...buen vinillo para la bota. Los duelos con pan son menos, me dije. Y me viene bien estar unos días sin agarrar la hoz...

Al principio no me tomé muy en serio lo que decía el Sansoncico de seguir a don Alonso Quijano y a mi vecino Sancho Panza. Más tarde, me explicó que nuestro vecino había contraído la locura de ser caballero andante, como los de antaño. Y que, para forzarle a regresar a su casa, era preciso derrotarle a la manera caballeresca. Y que en ello, andaban metidos nuestro cura y maese Nicolás, el barbero. Para no ser reconocido, debía llevar unas narizotas de pasta y barniz. Más que nariz parecía una berenjena.

Ocurrió que el socarrón vino por lana y volvió trasquilado. Mi amo y el viejo hidalgo se enfrentaron armados, a caballo, en singular batalla. Y tan singular que el viejo venció al joven, aprovechando la falta de resuello del caballejo y su impericia con la lanza. Lo tiró al suelo por las ancas del caballo y, como no se movía, llegué a pensar que había muerto.

Don Alonso se apeó del rocín y fue sobre el vencido. Al descubrirle el rostro, quedó admirado, maravillado y espantado de ver al Sansoncico. Voceando, decía a mi compadre que acudiera y no sé qué de los encantadores. Sancho fue y ¡propuso a su señor que le metiera la espada por la boca! ¡Eso no! Llegué yo, sin las enormes narices de máscara, para impedir que lo matara. Y mi vecino Panza me conoció… y le pedí suplicara a su amo que perdonara la vida al mío.

. Don Alonso le puso la punta de su espada encima del rostro y le forzó a confesar que no sé qué dama de sus delirios era más hermosa que esa Casildea de Vandalia de su invención. También debía acudir mi joven amo al Toboso y presentarse ante dicha dama, Dulcinea se llamaba , no entendí para qué. Y, después, habría de volver a buscar al viejo hidalgo, a decirle “lo que con ella hubiéredes pasado”. Yo me sonreí, al oír eso...

Y, con toda su socarronería, el Sansoncico confiesa que vale más un zapato viejo de Dulcinea que las barbas de Casildea. ¡Uno de los solteros más solicitados de la aldea y elige a la mujer barbuda que de lejos se la saluda! Y promete ir y contarlo todo a la vuelta. Lo que sea, pero su merced aparte esa espada...

No acabaron ahí los juramentos. Don Alonso deseaba también que confesara que cierto caballero al que venció Carrasco no fue ni pudo ser Don Quijote de la Mancha. ¿Un doble de don Alonso por ahí? Hasta entonces, yo sabía que se llamaba Quijana pero ignoraba lo de “don” y lo de Quijote. Al pobre Quijano debía tener seco el celebro. Y mi señor, maltrecho, en el suelo, y con todos sus espejos lunáticos, medio rotos, a cuestas. Jura, confiesa…lo que le mande su merced.

Lo levantamos y Sancho no podía creer que yo fuera el Tomé Cecial de su pueblo. ¡Cómo me miraba! ¡Qué ojos de búho! Caballero y escudero vuelven a su camino, creo que para Zaragoza. Nosotros nos apartamos de tan singular pareja. Contento, ufano, vanaglorioso va don Quijote por la victoria mientras mi Sansoncico, sólo tiene puesto su pensamiento en buscar un algebrista que bizmara y entablara sus magulladas costillas.

Mi señor don Sansón ya había aclarado mis dudas. Si aconsejó a don Quijote que prosiguiera sus pasadas aventuras caballerescas fue por haber tramado, con el cura y el barbero, cuál sería la mejor manera de obligarlo a permanecer quietecito en casa, sin locas tentaciones aventureras. Decidieron por mayoría, ante la imposibilidad de detenerle, permitirle salir y que el bachiller le saliera al camino y entablara batalla, qué no faltaría motivo y, por supuesto, lo venciera. Previamente, ambos contendientes pactarían que el vencido quedase sujeto al antojo del vencedor. El vencedor sería Sansón y lo mandaría a su casa por dos años, por lo menos. No les cabía en la cabeza que don Quijote saliese victorioso.

Ya os he contado cómo me ofrecí. Salimos del pueblo y seguimos el mismo itinerario quijotesco. Vimos de lejos como se encontraban con un carro de comediantes. Les alcanzamos en aquel bosque donde los criados tuvimos un encuentro pacífico y los señores trabaron batalla...Para que luego digan...

Cuando nos quedamos solos, le preguntaba al bachiller, a la vista de los hechos, con el debido respeto, a ver quién era más loco, si “el que lo es por no poder menos o el que lo es por su voluntad”. Él me contestó que el uno lo será siempre y el otro abandonará la locura cuando desee. Hasta aquí quería llegar, para mostrarle mi decisión de abandonar la aventura y volver a mi casa. No le pareció mal mi decisión, pero me reveló que él no volvería a la suya hasta haber molido a palos al que le molió las costillas. Mi Sansonico ya no está empeñado en que el hidalgo recobre el juicio sino que, ahora, le mueve la venganza. No parará hasta vengar el dolor de sus lomos.

Por fin, llegamos a un pueblo donde hallamos un algebrista que mitigó ese dolor. Yo tomé el camino que me llevaba con los míos y la historia, esa que anda escrita por ahí, promete volver a hablar de mí.

Un abrazo para todos


María Ángeles Merino

Copiado de esta entrada.
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