jueves, 24 de julio de 2014

Aquellos cien ducados, el cariño de Sancho y una empanada bien regada.


Ducados

Tercera parte del comentario al capítulo 2.13 del Quijote, titulada “Coloquio entre escuderos”, correspondiente al día 3 de septiembre de 2009. 

Ahora reconoce que aquella bolsa de cien ducados, la de Sierra Morena, es el cebo. Desde entonces, el diablo alienta su ambición y ahora sueña con un talego lleno de doblones que lleva a su casa y ¡a vivir de las rentas! Es lo que hace llevaderos los trabajos, con un amo más loco que caballero. ¡Lo soltaste! Su colega manifiesta que más loco es el suyo, loco para que otro recupere el juicio. Y enamorado de una tal Casildea de Vandalia, la “más cruda y la más asada señora”, según las socarronas palabras escuderiles. Esta socarronería ¿a qué o quién os suena?

Sancho confía en consolarse con este colega que sirve “a un amo tan tonto” como el suyo. ¿Está llamando tonto a don Quijote? Pero, cuando el del Bosque califica de bellaco a su amo, el cariño sale a borbotones. Bellaco, ni hablar, incapaz de hacer mal, más sencillo que un niño…Y confiesa que le quiere y que, aunque haga disparates, no podrá dejarle. Mas el compañero le anima a retirarse porque es peligroso que el ciego guíe al ciego.

El “bosqueril escudero” nota que Sancho escupe a menudo y que la saliva sale espesita, mejor no nos imaginamos su color. Caritativo, ofrece unos buenos despegadores de lengua: una gran bota de vino y una hermosa empanada de un enorme conejo albar. Sancho está sorprendido. ¡Así cualquiera va a deshacer tuertos! ¡Con el repuesto de un general! Queso pétreo, un puñado de algarrobas y algunas nueces suelen contener sus alforjas… no siempre. En muchas ocasiones, se echa mano a tagarninas y piruétanos que la Madre Naturaleza ofrece. Es la dieta del caballero andante: “frutas secas” y “yerbas del campo”. 



¿TagarninaS?

Sancho, a comer se ha dicho, que cuando te dan la vaquilla, corre ?on la soguilla. Pega grandes bocados y traga a oscuras. Empina la bota, con vocación de astrólogo, mirando a las estrellas durante un cuarto de hora. Y él, que se había ofendido por las expresiones puteriles, exclama, alabando el vino: “¡Oh hideputa bellaco, y cómo es católico!”. Está demostrado, lo de hijo puta puede ser una alabanza y Sancho ha de reconocerlo así. 


Una empanada bien regada

Además, demuestra ser un buen catador de vinos, adivinando que lo de la bota es viejo y de Ciudad Real. No en balde, y según cuenta, de su familia paterna fueron dos excelentes catavinos o “mojones”, los mejores que vio la Mancha en muchos años. Cervantes, en cuya cabeza bullen miles de historias, convierte a éstos en protagonistas de un pequeño cuento que cierra el capítulo. Uno afirmaba que el vino sabía a hierro y otro aseguraba que su sabor era el del cordobán. Al final, se vacía la cuba y tenían razón los dos: había en el fondo una llave con una correa de cordobán. 

El del Bosque insiste en que ambos deben dejar las aventuras. Sancho fija un plazo, servirá a su amo hasta que llegue a Zaragoza. Hablan y beben tanto que el sueño les ata las lenguas. Se quedan como troncos, con trozos de la empanada a medio mascar. Queda pendiente lo de los caballeros…

Un abrazo para los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

Copiado de "La arañita campeña", de la entrada con el mismo título.
http://aranitacampena.blogspot.com.es/2009/09/aquellos-cien-ducados-el-carino-de.html

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