domingo, 6 de abril de 2014

¿Hay baciyelmos en nuestra vida?




Comentario al capítulo 1.44 del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada titulada "Mucho barullo y un baciyelmo", correspondiente al día 12 de marzo de 2009.

Comienza el capítulo con los gritos de dolor de don Quijote. Pobre hombre, como si estuviese colgado de una cruel “garrucha”, gracias a la ocurrencia de Maritornes y a la rijosidad excepcional del rocín pachorrón. Pero, aunque le debía de doler todo el cuerpo, cabalga muy digno, con su adarga, su lanzón y, a medio galope, reta y desafía a “cualquiera que dijere que yo he sido con justo título encantado”.

Los cuatro nuevos, “los caminantes”, se quedan con la boca abierta ante el reto y desafío, al arcaico estilo de las novelas de caballerías. Don Quijote está en su salsa. Pero el ventero echa un jarro de agua fría: ni caso, es un loco. Ellos a su labor de encontrar al señorito don Luis y hacerle volver a casa, por las buenas o por las malas; tres rodearán la venta y uno vigilará la puerta. Reparan en el coche, lo conocen, es del vecino oidor, ese es el rastro que sigue don Luisito.

Nuestro hidalgo ya no puede más y agarra una rabieta casi infantil, desea recuperar la atención perdida, muere y rabia de “despecho y saña”.Si las ordenanzas de su caballería le dieran permiso de emprender una empresa sin acabar la anterior, iban a ver éstos lo que era bueno, tal vez “embistiera”. ¡Embestir! ¡Socorro, un toro!

Ya aclara el día, están todos despiertos, especialmente doña Clara y Dorotea, cuánta claridad; “la una con sobresalto de tener tan cerca a su amante, y la otra con el deseo de verle, habían podido dormir bien mal aquella noche”.Uno de los cuatro, encuentra al hijo de su señor, falso mozo de mulas, durmiendo al lado de uno auténtico. El criado está encantado de poder cumplir con la misión encomendada y devolverlo a casa; mas la tarea es delicada. Tiene que evitar que escape; pero con todos los respetos y don Luis por aquí, don Luis por allá. Por si acaso, le traba el brazo y se dirige al soñoliento adolescente con ironía:“Por cierto, señor don Luis, que responde bien a quien vos sois el hábito que tenéis, y que dice bien la cama en que os hallo al regalo con que vuestra madre os crió.”

El tono se vuelve autoritario y ya sabe el señorito de lugares las dos opciones: por las buenas o por las malas. Aún así se resiste y se pone gallito: “Eso será como yo quisiere, o como el cielo lo ordenare”. Intentan ablandarle, su padre dará la vuelta al otro mundo si él no da la vuelta, se morirá de pena…Pero el quinceañero enamorado no se achica y, a pesar del cuatro contra uno, les replica:” yo soy libre, y volveré si me diere gusto, y si no, ninguno de vosotros me ha de hacer fuerza”.No es el primer personaje del Quijote que proclama su libertad, algo muy apreciado por el ex cautivo Miguel. Recordemos a la pastora Marcela: “Yo nací libre”.

El oidor está allí, recordemos que va vestido con sus ropajes largos de mangas arrocadas, y habla, deformación profesional, con la jerga del oficio:”Sepamos qué es esto de raíz”.Tras la información, reconoce al vecinito. ¡Es que estos papás antiguos no se enteraban de nada! Bueno, los modernos tampoco… Luis se confiesa ante el padre de su Clara, llorando: “Por ella dejé la casa de mi padre, y por ella me puse en este traje, para seguirla dondequiera que fuese, como la saeta al blanco, o como el marinero al norte.”No son niñerías las de alguien que se expresa así.

Recordemos el capítulo LXII, el oidor nunca había sido tan oidor. Pues, ahora abre las orejas todavía más, es su hija… alta nobleza, fortunón, de título, me interesa…El jovencísimo señor de lugares se humilla, besando las manos del oidor y bañándolas de lágrimas. El corazón del oidor no es de mármol sino de mantequilla. Piensa cuán bien le estará a su hija aquel matrimonio, siempre que se realice con el beneplácito del padre de don Luis, claro, Clara.

Y mientras, en la venta, llueven palos. Dos huéspedes ven a la gente distraída con la búsqueda, aprovechan e intentan irse sin pagar .El ventero pide su paga, y le responden con los puños. La ventera, la venterita y Maritornes piden socorro a don Quijote que, con mucha flema, declara no poder atender su petición porque no le está permitido entremeterse en aventura distinta, teniendo pendiente el asunto de Micomicona. Que el ventero se vaya entreteniendo ¿Cómo se entretiene uno cuando está recibiendo puñetazos? Pedirá licencia a la princesa, para socorrer al “castellano”. Se planta de hinojos ante Dorotea, para pedírselo con “palabras caballerescas y andantescas”.

Pero, a pesar de la licencia concedida, cuando acude a la puerta de la venta, vaya cuajo, se está quieto. Quizás en un ataque de sensatez, decide que corresponde a Sancho la defensa venteril, puesto que no le es lícito poner mano a la espada. Sólo puede hacerlo con caballeros. Puñadas y mojicones recibe el ventero, ante la desesperación de su mujer, su hija y su criada. Y, por primera vez en esta obra, aparece la palabra cobardía aplicada a don Quijote. ¡Un caballero andante cobarde!

Cervantes, que visitó y sufrió desde niño muchas ventas, no es amigo de venteros, es evidente y leemos: “Pero dejémosle aquí, que no faltará quien le socorra, o si no, sufra y calle el que se atreve a más de a lo que sus fuerzas le prometen, y volvámonos atrás cincuenta pasos”. Y enlaza esto con la confesión de don Luis ante el oidor.

No explica Cervantes, los detalles de cómo, al final, “por persuasión y buenas razones de don Quijote, más que por amenazas” los huéspedes pagaron todo. ¡Milagro!

Como el demonio no duerme, aparece, cuando no había terminado la plática del oidor, aquel barbero al que don Quijote quitó el yelmo de Mambrino y Sancho Panza los aparejos del asno. Reclama ambos objetos de su propiedad, arremete a Sancho, llamándole “don ladrón”.Cada uno agarra la albarda por donde puede, un mojicón ,el barbero con los dientes bañados en sangre, gritos de “¡Aquí del rey y de la justicia!...salteador de caminos…mentís, en buena guerra ganó mi señor don Quijote estos despojos…"

En este momento, cambia el concepto que el caballero andante tenía de su escudero, a la vista de lo bien que se ha defendido. Es un hombre de pro y, en cuanto pueda, lo armará caballero. Sigue la discusión, el barbero propone pruebas que avalen sus propiedad.

A don Quijote no le importa la albarda, pero no consentirá de ninguna manera que se llame bacía al yelmo de Mambrino y a que se discuta su propiedad, ganada en buena lid, “con ligítima y lícita posesión”.La albarda es expuesta como objeto contencioso. Pero Sancho se resiste a traer la bacía. Su señor le advierte que lo haga, “que no todas las cosas deste castillo han de ser guiadas por encantamento”. Sancho trae la bacía y don Quijote jura, por la orden de caballería que el yelmo es el mismo que le quitó en buena guerra.

Sancho no quiere irritar más a su señor y salva la situación con la palabra baciyelmo. Les recuerda que, con los encadenados, les salvó de asaz de pedradas. Ni bacía ni yelmo, baciyelmo. ¡Una gracia de Sancho? ¿Perspectivismo?¿Hay baciyelmos en nuestra vida cotidiana? Haberlos haylos y nos ayudan a vivir. Pensemos en ellos.Seguiremos, en el próximo capítulo, con el litigio.

Un abrazo para Pedro y los visitantes de la acequia.

María Ángeles Merino Moya.

Extraído del blog "La arañita campeña", de la entrada ¿Hay baciyelmos en nuestra vida?

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