sábado, 24 de agosto de 2013

¿Un personaje en el prólogo?

Comentario al Prólogo de la primera parte del Quijote, publicado en "La acequia", entrada del 1 de mayo de 2008.

Ya está decidido, voy a llamar a los secundarios de esos primeros capítulos que, en su día, no comenté. El mozo de campo y plaza me vendrá de perlas para el 1,1. En el 1,2 don Quijote llegará al anochecer a una venta y, a la puerta, estarán unas mozas de esas que llaman del “partido”. Si espero un poco, acudirán a mi ordenador, el de la ce maltrecha, con tanta “campeña” y tanta “acequia”.

Ya es habitual y conocido. Comienzo el comentario, el Word casi desaparece, sólo me queda un pedacito de pantalla para escribir, y bailotean las ventanas emergentes; a continuación, suele aparecer un personaje secundario del Quijote, con ganas de palique. Así que, paciencia y los canalículos me traerán algún visitante.

A ver, a ver quién sale… Deben ser esas que van a Sevilla, en la amena compañía de unos arrieros. Me gustará hablar con tan “altas doncellas”.

¿Doncellas? No. Un hombre con toda la barba, vestido con jubón, ropilla y calzas; esa es la imagen que ocupa buena parte de la pantalla.


-Le saludo, señor caballero ¿A quién tengo el gusto de recibir?


-Salúdole igualmente, señora amanuense. ¡Por Dios¡ ¡Que vuestra merced golpea con furia las letras de tan extraña y luminosa máquina!

-¿De qué capítulo es vuestra merced?

-¿Capítulo? No vivo en ningún capítulo del famoso libro, tengo casa habitación en el prólogo.

-¿Un personaje en el prólogo? Vive Dios, que los prólogos no están para eso.

-La exhorto a comprobarlo. ¿Acaso pasó por alto el prólogo, como tantos desocupados lectores?

-No, no, me consta que lo tengo leído. Pero hace mucho tiempo y, entonces, no estaba al tanto del juego de narradores y subnarradores. Además, al volver al principio, no se me ocurrió ir al prólogo sino a “En un lugar de la Mancha”. Me salté la primera capa de la cebolla, lo confieso. Preséntese su merced, que estoy sobre ascuas.

-Soy el amigo “gracioso y bien entendido”, el que entra a deshora y pregunta, a un dubitativo escritor, el motivo de sus preocupaciones.

-O sea, que vuestra merced es amigo de Cervantes, el autor de “El ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha” y de “El ingenioso caballero don Quixote de la Mancha”.

- No, en parte sí…pero no. No sé si me explico. Viaje vuestra merced por esos canalículos infernales y, según llega a “La acequia”, tuerza hacia las entradas del 2008 y, en la del 1 de mayo, lea
“Desocupado lector. (La construcción de una novela o cómo Cervantes nos engaña mostrándonos el truco.)”. Deje un rato de machacar las teclas y léalo. Desaparezco…

-Aquí estoy de nuevo, sigamos nuestro ameno discurso. Ahora que ya comprende cómo funciona esto, le puedo hablar del problema de mi amigo.

-Creo que sí entiendo. El escritor crea a un personaje, asimismo escritor, que escribe siguiendo el texto de un historiador arábigo llamado Cide Hamete, el verdadero autor. Pero como no entiende el árabe, en realidad, trabaja sobre el escrito de un moro traductor. En consecuencia que el amigo de vuestra merced es
“un mero adaptador literario de una crónica”.



El escritor escribe que otro escritor escribe lo que el traductor de otro escritor, Cide Hamete, escribe. ¡Cuatro con la péndola! Luego se complicará todavía más; pero, de momento, dejémoslo ahí, Su amigo es el segundo…a ver, cuénteme las cuitas que él le cuenta. Creo que no va a ser don Quijote el único loco…


-Mi amigo se dirige a su “desocupado lector”, con gran humildad. Quisiera que su libro fuera el mejor, mas su “estéril y mal cultivado ingenio” no da más de sí. En la cárcel, sin la quietud de espíritu que preña a las musas, allí engendra a un hijo seco, avellanado y antojadizo. Y, además, como se da la circunstancia de que es padrastro de don Quijote y no padre, no ha de pedir al lector que disculpe sus faltas. El que lo leyere, libre es de decir lo que le parezca, para eso posee su libre albedrio “como todo hijo de vecino”.

-Bueno, se le ve al hombre muy inseguro. Pero ¿para qué se dirige a vos?


-Su problema es el prólogo. Le preocupa el presentarlo sin acotaciones ni anotaciones, como otros libros, plagados de sentencias de santos, filósofos, eruditos de la A a la Z. también se lamenta de que su obra carezca de sonetos al principio, “cuyos autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas celebérrimos”. En consecuencia, Don Quijote ha de quedar “sepultado en sus archivos en la Mancha”.



Me rio de su apocamiento y le doy la solución. Los sonetos pueden ser escritos por él mismo y colocar la firma que quiera, mejor si es disparatada: el preste Juan o el emperador de Trapisonda.

En cuanto a las citas y sentencias, le digo que puede echar mano de sentencias o latines tópicos y fáciles de recordar o buscar. Y le recuerdo algunas de ellas, que para todo hay…

Pero, a continuación, le doy los consejos de importancia. Si lo que desea es combatir a los libros de caballería, lo que precisa es hablar “a la llana”, con “con palabras significantes, honestas y bien colocadas”. Y ha de procurar que ría el melancólico, el risueño ría todavía más, el discreto lo admire, no la desprecie el grave y el prudente la alabe. Y si derriba a los libros de caballería, no habrá alcanzado poco.

Mi amigo siguió mis consejos y el resultado es bien conocido.

¨-Pero ¿quién es vuestra merced, el que da tan buenos consejos?

Ha desaparecido…

María Ángeles Merino


Tomado de http://aranitacampena.blogspot.com.es/2011/01/un-personaje-en-el-prologo.html

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