miércoles, 28 de agosto de 2013

El gozo del "desfacedor de entuertos"

Comentario al capítulo 1,4 del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada titulada "Del gozo de ser caballero: primeras aventuras de don Quijote", correspondiente al día 5 de junio de 2008.



¿Hora? La del alba sería, cómo no, cuando don Quijote sale de la venta. Gallardo, alborozado, revienta de gozo y revientan las cinchas del caballo, menuda hipérbole. Pero ha de volver a casa, debe proveerse de camisas y dineros, tal le dijo su huésped. Y otra idea le ronda por la cabeza, ha de contratar un escudero. Ha pensado en un labrador vecino suyo, pobre y con hijos. Ni hidalgo, ni rico, ni joven; pero acabamos de leer, en renglones de oro, el nacimiento del gran Sancho Panza.




¡Con qué gana camina Rocinante al acercarse a la aldea!

Parece que alguien se queja allá, en esa cercana espesura. Estupendo, el cielo le concede la oportunidad de ejercer su recién estrenada profesión. Menesterosos del mundo, allá va don Quijote de la Mancha.

Entra en el bosque y…




-Ahí estoy yo, atado a una encina.

-¿Quién habla?

-Saludo a vuestra merced, señora. Me envía un ventero y dos mozas del partido. Dicen que ahora es mi turno, que he de contarle a vuestra merced mis cuitas. Mi nombre es Andrés, pertenezco a la categoría de los secundarios con nombre, lo cual tiene su importancia. Tengo a gala el ser un personaje secundario del Quijote y, además, soy de los que vuelven a aparecer.

Mi amo, Juan Haldudo el Rico, me ata a una encina. Ya sé, señora, lo que está pensando. Tiene en la punta de la lengua la oportuna pregunta: cómo se sujeta a un muchacho de quince años, que no a una yegua, contra su voluntad, amarrándole a un árbol. Déjese de preguntas ociosas y escuche mi relato.

El caso es que me arranca la camisa, se quita el cinturón y comienza a azotarme. Por cada golpe, me aconseja que le dé menos a la lengua y vigile mejor a las ovejas. Mis propósitos de enmienda, a gritos, no me sirven para nada. Mi amo cree que me como las ovejas y le echo la culpa al lobo. Alguna me comí, pero no todas. El lobo y yo vamos a medias. Esto no lo escriba vuestra merced…




Y, de repente, aparece el caballero don Quijote,” blandiendo la lanza sobre su rostro”. Le reprocha su cobardía y le insta a coger la lanza que tiene junto a la yegua. El amo que ve aquella figura armada, arrimándole la lanza al rostro, cree llegada su última hora.



Con buenas palabras, le llama “señor caballero”, cuenta su versión. Yo soy su criado y me está castigando por descuidado o por bellaco, porque cada día falta una oveja de la manada. Y que yo digo que lo hace por no pagarme la soldada. Y dice que miento.

Don Quijote no puede soportar ser testigo de la acusación que se me hace y le amenaza con ensartarle, como a una longaniza. Le ordena que me desate y así lo hace, cabizbajo. Le ordena pagarme y me pregunta cuánto me debe mi amo y le digo que nueve meses, a siete reales cada mes.

Don Quijote hace la cuenta, setenta y tres reales, que ha de desembolsar inmediatamente si no quiere morir. No sé si la echa bien, que yo no sé de números; el Haldudo… creo que es tan iletrado como yo.





Pero le parece mucho y dice que me ha de descontar tres pares de zapatos, más un real por dos sangrías de cuando estuve enfermo.

Don Quijote echa otra cuenta, que esta sí es correcta. Le replica que no le debo nada, que si rompí el cuero de los zapatos, él rompió el cuero de mi cuerpo. Y que si el barbero me sangró estando enfermo, él me ha sangrado en sanidad.

Juan Haldudo no lleva dineros encima y pretende que me vaya con él a su casa, para pagarme. ¡Para dejarme más desollado que un San Bartolomé!

Don Quijote me asegura que no hará tal, basta con que se lo jure por la ley de caballería que ha recibido. Que no, que mi amo no es caballero, que Haldudo es rico, labrador y de Quintanar.

El loco caballero dice que cada uno es hijo de sus obras y yo le pregunto de qué obras va a ser hijo mi amo, el cual me niega lo ganado con mi sudor.

Me dice el bellaco que me vaya con él, que me pagará perfumados los reales. Y lo jura, el muy falso, por todas las órdenes de caballerías que hay en el mundo.

Don Quijote le advierte que ha de cumplir lo jurado. Si no lo cumple lo hallará, para castigarlo. Pica a su rocín y me deja solo con mi amo. En cuanto desaparece, me dice que me quiere pagar como le ha ordenado “el desfacedor de agravios”. Le contesto que andará acertado en cumplir el mandamiento del caballero, tan valeroso y buen juez.

En ese momento, asiéndome del brazo, me ata a la encina y me da tantos azotes que me da por muerto. Se burla de mi, diciéndome que llame al “desfacedor de agravios”, aunque este no lo desfaga, que le viene en gana desollarme vivo.

Al fin, me desata y me da permiso para ir a buscarle. Me parto y le juro que iré a contárselo a tan valeroso caballero. Aunque le digo que él lo pagará con las setenas, él queda riendo y yo parto llorando.

Me duele todo el cuerpo, algún día encontraré a ese don Quijote de la Mancha y le haré saber de qué sirven sus caballerescas palabras. Quede con Dios, señora amanuense.

-¿Pero no me cuentas tu aparición en otro capítulo, cuando le cantas las cuarenta al bueno de don Quijote?

-Otro día. Me esperan...


Un abrazo de María Ángeles Merino, para los que me visitáis.


Pedro Ojeda dijo en "La acequia":

"Mª Ángeles Merino, Abejita de la Vega, comenta el capítulo cuarto de la primera parte, en esta tarea de recuperación de los capítulos que no pudo comentar en la lectura general de la obra y a la que tantas cosas aporta con su estilo inconfundible. En este caso, da voz al mozo Andrés, no os lo perdáis."

Entrada copiada de "La arañita campeña":
http://aranitacampena.blogspot.com.es/2011/02/el-gozo-del-desfacedor-de-entuertos.html

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