lunes, 26 de agosto de 2013

El primer ventero recuerda como armó caballero a don Quijote


Cuadro de Ana Queral.

Comentario al capítulo 1,3 del Quijote, publicado como comentario en la entrada correspondiente al jueves 29 de mayo de 2008, "Don Quijote, armado caballero".

En el capítulo 1.2 dejamos a don Quijote comiéndose unas saladísimas porciones de abadejo, con el valioso auxilio de dos buenas mujeres. Mas abrevia la cena porque no puede dejar de pensar en que no está armado caballero. Así que llama al ventero, se arrodilla ante él y le solicita le otorgue el don que pedirle quiere.

El ventero no sabe qué hacer ni decir, le pide que se levante; mas jamás quiso hasta que…

-Hasta que yo le he de decir que le otorgo el don que me pide. Una vez que se levante, pienso, veo por dónde sale este loco…

-¿Quién habla? Me pareció oír una recia voz.

-Soy el ventero, señora mía, el primer ventero. El único que arma caballero a don Quijote de la Mancha. No me confunda con otro ventero que aparece después.

- ¿El ventero? ¡Otro secundario personaje quijotesco, de los que pululan por estos canalículos!

-Así es, señora mía. Una moza del partido me animó a asomarme por aquí. Al parecer, vuestra merced desea escribir cómo fue tal singular ceremonia.

-Será un placer oírlo de su boca, aunque ya el famoso libro da cuenta de lo ocurrido.

-El viejo loco habla como esos libros que algunos huéspedes instruidos suelen traer en sus maletas y hatillos. En alguna ocasión, me los dejan en prenda, al no disponer de dineros para pagar el hospedaje. Los guardo como un tesoro, para entretener ese tiempo en que mi única labor es mirar en dirección al camino, por ver si llega algún huésped con la bolsa bien llena.

-Pero...¿Lee vuestra merced?

-¿Le extraña que sepa leer? Sí señora, sé leer y escribir, conozco la doctrina cristiana, las cuatro reglas y algo de latín. Aunque mi cuna fue muy humilde , tengo la fortuna de haber sido instruido en mi infancia, por el señor cura de mi aldea, que Dios lo tenga en una bien merecida Gloria. Aprecia mis naturales luces e, incluso, me habla de ir a Salamanca, como estudiante y como fámulo de algún estudiante rico. Mas mi camino se tuerce a muy temprana edad, por la sutileza de mis manos y la ligereza de mis pies. Me parece que eso ya lo dice el famoso libro…desgraciadamente.

Me estoy desviando por caminos secundarios, vuelvo con don Quijote de la Mancha, con su discurso propio de Amadís o Palmerín. Me pide que mañana he de armarle caballero, que ha de pasar la noche velando armas, ritual necesario para profesar la orden de caballería, “en pro de los menesterosos”.

Ya tengo barruntos de su falta de juicio, mas ahora acabo de creerlo. Le sigo el humor por tener de qué reír esa noche. Todo lo propuesto es muy natural, le digo, y yo mismo, de mozo, me di a ese honrado ejercicio, buscando aventuras en las mejores plazas: Percheles de Málaga, Potro de Córdoba, Azoguejo de Segovia, Playa de Sanlúcar…En todas había probado las habilidades de mis pies y mis manos: hacer agravios, requerir a las viudas, deshacer a las doncellas, engañar a algún huésped y sentar fama en audiencias y tribunales.



Potro de Córdoba "...él ansimesmo... sin que hubiese dejado los Percheles de Málaga, Islas de Riarán , Compás de Sevilla, Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla de Granada, Playa de Sanlúcar, Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo y otras diversas partes..."

Le digo todo eso de corrido y ni pestañea. Sólo aprecio su atención cuando le digo que, ahora, estoy recogido en este mi castillo, recogiendo a los andantes, por afición y porque partan conmigo sus haberes. Y, cuando, me disculpo por no disponer de capilla en este mi castillo, por lo cual podrá velarlas en el patio. Y, mañana, quedará caballero y tan caballero que no pueda serlo más. Parece que se le anima el rostro.

Le pregunto si trae dineros y me contesta que nunca ha leído que un caballero andante los traiga. Le hago ver que se engaña, no lo dicen los libros porque a los autores no les parece necesario precisarlo. Dineros y camisas limpias, todos los caballeros andantes lo llevan. Y una arqueta pequeña con hilas y ungüentos para curar heridas, que no siempre vuela por ahí el encantador que trae al enano de la redoma de agua mágica. Una gota y basta.

Don Quijote promete seguir mis consejos. Coloca las armas, ese montón de hierros viejos, en el patio grande, sobre la pila, junto al pozo. Se pasea con su lanza, su adarga y un gentil continente.



Cuento a todos los huéspedes lo de don Quijote y se quedan todos maravillados de su locura. Le miran desde lejos y comprueban que pasea y no quita ojo de sus armas. Cae la noche, pero la luna está muy clara, vemos bien lo que el caballero hace.



"Acabó de cerrar la noche, pero con tanta claridad de la luna, que podía competir con el que se la prestaba , de manera que cuanto el novel caballero hacía era bien visto de todos"

Todo va bien, pero a un arriero se le antoja dar agua a su recua y ha de retirar las armas del pilón. Las voces se oyen en toda la venta, pero el arriero no sólo no hace caso sino que arroja gran trecho de sí. Don Quijote dice algo de una afrenta y de una señora suya, no sé con quuién habla este demenciado. Coge la lanza con las dos manos y la estampa contra la cabeza del arriero testarudo, que sale muy mal parado. Recoge sus aramas y vuelve a su paseo reposado. Llega otro arriero con la misma intención, retira las armas de la pila y recibe un lanzazo que le abre por cuatro la cabeza.

Ahora se dirige a la señora que no está y le pide que vuelva sus ojos hacia él. Igual, igual que en las novelones que guardo en la alacena. En esto, aparecen los compañeros de los descalabrados y le lanzan piedras, una buen ración de sopa de arroyo.



La soez y baja canalla muestra temor ante el brío y el denuedo del viejo loco. Mis persuasiones también les hacen efecto, pienso. Me deja retirar a los heridos y torna al sosiego de la vela de sus armas.

Siento deseos de acabar lo antes posible con esta locura y le digo que con dos horas de vela ya vale. Bien puedo darle ya la pescozada y el espaldarazo, en el campo, por qué no.

Necesito un libro, ya sé, el que me sirve para asentar el pienso y la cebada.



"Advertido y medroso desto el castellano , trujo luego un libro donde asentaba la paja y cebada que daba a los arrieros..."

Con un cabo de vela y las dos rameras doncellas, voy donde Quijote está y le mando hincar de rodillas. Simulo leer extrañas oraciones, le doy con la mano en el cuello y cojo su espada. Le doy un gentil espaldarazo y hablo entre dientes. Me ha quedado como en las novelas, talmente como si lo hiciera con don Amadís.



"Hecho esto, mandó a una de aquellas damas que le ciñese la espada..."

Mando a una de aquellas "damas" que le ciña la espada, lo cual hace con desenvoltura y sin reventar de risa. Así como de carrerilla, va y suelta que Dios le haga venturoso caballero y le dé ventura en lides. Me pregunto dónde lo habrá aprendido, a no ser que en las mancebías se hagan lecturas. Don Quijote le pregunta su nombre, para poder darle su parte de la honra alcanzada. Se presenta como la Tolosa, hija de un remendón de Toledo y , desde ahora, a su servicio. El caballero ruega se ponga el don y sea doña Tolosa.

La otra "dama" le calza las espuelas y gasta el mismo coloquio que la Tolosa. Es la Molinera, doña Molinera, a partir de ahora. Y a su servicio también.

Don Quijote tiene prisa por marchar a sus aventuras y yo deseo que desaparezca tan estrafalario personaje. Se me acerca y me dice unas cosas extrañísimas. Le contesto no con menos retóricas palabras y le dejo ir en buena hora, sin pedirle la costa de la posada.

Desaparezco, me voy por ahí dentro , a ver si me encuentro con el otro ventero, el que sí pidió el dinero del hospedaje. Quede vuestra merced con Dios, señora mía.

Un abrazo de María Ángeles Merino, para todos los que pasáis por aquí

Entrada tomada de "La arañita campeña":

http://aranitacampena.blogspot.com.es/2011/01/el-primer-ventero-recuerda-como-armo.HTML


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