sábado, 18 de octubre de 2014

Don Quijote camuflado en una tienda de "souvenirs", huyendo de los tejos de Altisidora.


Don Quijote camuflado en una tienda de "souvenirs", huyendo de los tejos de Altisidora.

Segunda parte del comentario al capítulo 2,44 del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada titulada "Todo al revés", correspondiente al día 8 de abril de 2010.

Dejamos ir en paz y en enhorabuena al buen Sancho y al mayordomo trifásico, que desaparece y permite recuperar la voz a esta mujer amanuense, con su ingenio infernal, productor de letras…

El narrador, uno de ellos, anticipa al lector amable, las dos fanegas de risa que le ha de causar el comportamiento del escudero gobernador. Lo de don Quijote sólo da para un desplegamiento simiesco de los labios. Reiremos o nos admiraremos; mejor esto último.

Se va el escudero a su ínsula y don Quijote se siente tan solo que, si pudiera, no dudaría en dar marcha atrás y privarle de su ansiado gobierno.

La duquesa, al verlo tan melancólico, le pregunta por la causa de su tristeza y le recuerda, que si es por la ausencia de Sancho, no falta en su casa quien le haga compañía, ya sean dueñas, escuderos, doncellas...

Responde que no es esa la causa principal de su tristeza. Agradece los ofrecimientos que, con tan buena voluntad le hacen, pero ruega que nadie se presente, en su aposento, con intención de servirle. Se servirá a sí mismo.

La duquesa le replica que nada de eso, que le han de servir sus doncellas, "hermosas como unas flores". Que no, que tales flores son espinas, clavadas en el alma del fidelísimo y castísimo caballero; el cual interpone una muralla entre sus deseos y su honestidad, tal es su costumbre y no la perderá por la “liberalidad” duquesil. Y alto ahí, que nadie desnude a este continente varón…

Ni hombre, ni mujer, ni mosca entrará en sus aposentos, tales serán las órdenes de la burlona duquesa. No ha de descabalarse, por su causa, la decencia del señor don Quijote”, cuya honestidad campea, entre tantas virtudes como lo adornan. Y, suponemos que aguantando la risa, le dice que se desnude y vista a su antojo, que no le faltarán esos vasos, imprescindibles para dormir con la puerta cerrada . A la gran dama, la imaginamos con una sonrisilla de “jimia”, al descender al terreno de las naturales necesidades y los pertinentes, o pestilentes, orinales…

Y de los “vasos” a los vivas, menudo giro da la duquesita. Vuelve al estilo de sus libros y…que viva y sea mundialmente conocida la que mereció ser amada por tan honestísimo caballero. Y que los cielos infundan el deseo, “a nuestro gobernador”, de acabar presto sus disciplinas, para que el mundo goce de la belleza tobosina.
Que paguen el pato las valientes posaderas del escudero...

Don Quijote se derrite con tan corteses alabanzas, las dirigidas a su persona y , sobre todo, las que se dirigen a su gran Dulcinea.

Devolviendo la cortesía, las valora desmesuradamente, más que aquellas de “los más elocuentes de la tierra”.

Para lo que viene a continuación, ha de estar el caballero en su aposento.Ya es hora, tras la cena, , el viajero se acostará prontito, que los viajes a Candaya ya se sabe, muelen…

Pues, no, señora duquesa. Don Quijote de molido, nada de nada. Clavileño , qué bestia tan maja, tan reposada y de tan buen paso…Por qué se habrá deshecho Malambruno de una cabalgadura así, mira qué quemarlo…

La duquesa tiene respuesta para todo. Estaba tan arrepentido de las maldades cometidas, “como hechicero y encantador”, que quiso acabar con todos los “instrumentos de su oficio”.El que más le hacía sentirse culpable: el equino de madera.

Sus abrasadas cenizas, el trofeo del cartel, eterno el valor del gran don Quijote de la Mancha, más agradecimientos corteses y a cenar.

Don Quijote se retira a sus soledades, siguiendo el ejemplo de Amadís, espejo en el que se miran los andantes caballeros. Que nadie le fuerce a perder el honesto decoro que a su señora guarda.

A la luz de dos velas se desnuda y, al descalzarse, no se le escapan suspiros ni…cosa alguna que ofenda al sentido del olfato. Se le escapan dos docenas… de puntos de una media. Son muchos los fugados, es difícil reparar tal celosía. Se aflige porque no dispone de un poco de seda verde para reparar las medias…verdes, por supuesto. Tal vez se contentase con algo de seda… de cualquier otro color, aunque sea la mayor señal de miseria que pueda mostrar un hidalgo.

Y, llegados a este punto, o puntos, interviene el cronista Cide Hamete, para lamentarse de la pobreza de nuestro héroe, discrepando de aquel gran poeta cordobés que la considera como dádiva no apreciada. Aunque moro, Cide ha estado con cristianos y conoce la pobreza como camino hacia la santidad, junto a otras virtudes.

Pero no habla de esa primera pobreza, sino de la segunda, de esa vergonzante que sufren tantos hidalgos. Esos que ahúman sus zapatos, que llevan cada botón de una clase y los cuellos sin almidonar. Esos que pasan hambre y salen a la calle con el palillo de dientes que nada hurga, si no es el sarro. Disimulando los zapatos remendados, el sombrero y la capa desgastados…el hidalgo aquel del “Lazarillo de Tormes”, la genial novela a la que Cervantes rinde tributo.

Todo eso se le renueva a don Quijote, contemplando sus puntos. Se consuela al ver las botas de camino que pueden tapar la rotura de las medias. Apaga las velas, hace calor y no puede dormir. Se levanta, abre la ventana que da a un jardín. Oye gente que anda y habla. Se pone a escuchar, con atención.

Dos mujeres levantan la voz, para que don Quijote las oiga bien. Altisidora comunica a Emerencia sus cuitas amorosas: se ha enamorado del “forastero”.

Su compañera le anima a expresar su amor, que “el señor de su corazón acaba de abrir la ventana”. Altisidora no quiere que la juzguen como liviana, pero se decide a cantar, acompañada de su arpa.

Don Quijote queda pasmado y le vienen a la memoria escenas semejantes, sacadas de sus libros de caballerías. Imagina que la doncella está enamorada de él y la honestidad le fuerza al secreto.

Se propone no dejarse vencer y encomendándose a su señora Dulcinea, escuchar valientemente la música. Da un falso estornudo para que sepan de su presencia. Las doncellas se alegran, eso estaban esperando.

Altisidora se declara , en su romance, al caballero más valiente de la Mancha, que no sabe de una triste doncella que se abrasa el alma, herida de su amor. Mas Dulcinea ha vencido y será famosa, de río a río. Por ella se cambiaría, quién se viera en sus brazos, aunque se conformaría con rascarle la cabeza y quitarle la caspa. Cofias, escarpines, calzas, herreruelos, finísimas perlas…daría al Nerón manchego. ¡Cuánto disparate! Pulcela tierna, de catorce años, ni coja, ni manca…los cabellos largos, bella a pesar de la boca aguileña, la nariz chata y los dientes amarillos como el topacio. Voz dulce, eso sí y Altisidora la llaman.¡Qué horror de niña!

Don Quijote queda asombrado, suspira y se considera desdichado ¡porque toda doncella se le enamora! ¡Qué risas contenidas en el jardín!

¡Qué desgracia la de Dulcinea! La persiguen reinas, emperatrices, mocosas de catorce años. Bueno, que se entere la “caterva enamorada”: don Quijote sólo es de Dulcinea, “a pesar de todas las potestades hechiceras de la tierra”. Las demás pueden llorar, cantar o tirarse de los pelos.

Don Quijote siente un gran pesar y cierra de golpe la ventana. Se acuesta pesaroso y lo dejamos hecho polvo, en su lecho.

Nos hemos de ocupar ahora del “famoso gobierno” del “gran Sancho Panza”.

Un abrazo para todos de María Ángeles Merino


Copiado de "La arañita campeña", entrada con el mismo título.
http://aranitacampena.blogspot.com.es/2010/04/don-quijote-camuflado-en-una-tienda-de.html

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