sábado, 11 de octubre de 2014

»Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago"


»No comas ajos ni cebollas, porque no saquen por el olor tu villanería"
»Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago"




»Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra". En la foto, el vino quijotesco, del Toboso nada menos, que compartimos con Víctor Crémer, nieto de Victoriano Crémer

Primera parte del comentario al capítulo 2,43 del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada titulada "Más consejos, mil refranes y nueva victoria de Sancho", correspondiente al día 1 de abril de 2010.

 De los consejos segundos que dio don Quijote a Sancho Panza

Sancho ha de seguir atendiendo a los prudentísimos consejos de un loco. El narrador, ése que lo sabe todo, comienza el capítulo preguntándose quién oyera el razonamiento de don Quijote que no lo tuviera por persona cuerda. A lo largo de esta historia, sólo ha disparatado en lo tocante a la caballería, en todo los demás “claro y desenfadado entendimiento”. Empieza don Quijote con “los consejos segundos”. Donaire, discreción y locura, sí también la locura, van a alcanzar una cota muy elevada. Preparaos.

Sancho, preñado de gobierno, escucha con atención, a su señor y procura memorizar sus consejos para salir” a buen parto”. Buena imagen, que tengas una hora corta, escudero.

Don Quijote, ahora, va a descender al gobierno “de persona y casa”. El primer consejo es la limpieza, algo no tan obvio entonces, con una atención especial a cortarse las uñas. No debe dejárselas crecer, luciendo ese “escremento” que no es sino ”garra de cernícalo lagartijero”. Nos da la impresión de que Cervantes, siente especial repugnancia por este “puerco” hábito y, sobre todo por aquellos que las llevan largas como prueba de hidalguía, como señal de no haber trabajado nunca manualmente. 

Sancho no debe llevar la ropa floja porque eso da a entender que su ánimo anda por los suelos. Y si llega tan alto que ha de uniformar elegantemente a sus criados, lo hará con librea más práctica que vistosa. El pecado de soberbia ha de compensarlo con la virtud de la caridad: si tiene seis hatos, vestirá a tres criados y a tres menesterosos.

Si Sancho come ajos y cebollas, el olor le delatará como villano. No los ha de probar, aunque formen parte de sus hábitos más arraigados.

Ha de andar despacio y hablar reposadamente, pero sin afectación. No ha de dar la impresión de que se escucha a sí mismo.

Comerá poco y cenará muy poco, que en el estómago está la oficina que gestiona la salud. Sancho está acostumbrado a pasar hambres por esos caminos, no hay problema: pan duro, queso duro como para descalabrar a un gigante, algarrobas, avellanas, nueces…

Esas frugales colaciones suelen ir regadas con agua, que no siempre el vino de su bota le permite estar “mirando a las estrellas un cuarto de hora”; como en aquella hiperbólica ocasión,  invitado por el escudero del “del Bosque”. Es cierto que, en ocasiones, le vemos de camino, menudeando tragos, “con tanto gusto, que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga”. Mas, cuando el pequeño odre se vacía, sabe que no llevan camino de “remediar tan presto su falta”. No hay tanto peligro, al parecer, de que el “vino demasiado” le haga irse de la lengua y desvelar algún secreto.

Al comer y al beber, Sancho ha de guardar las buenas formas: ni mascar a dos carrillos ni “erutar “en público. El gobernador insulano a eso de erutar”, lo llama “regoldar”. Don Quijote se muestra partidario del latinismo erutar, introducido por la gente “curiosa” y, aunque haya gente que no lo entienda, “el uso los irá introduciendo “. Considera “regoldar” como “un torpe vocablo”, tal vez demasiado descriptivo. Sancho está acostumbrado a decir “regoldar” y le cuesta la otra palabra. Lo tendrá en cuenta, que él regüelda a menudo o como quiera llamarlo.

Y llegamos a algo que irrita sobremanera a don Quijote: su costumbre de mezclar refranes en sus pláticas, vengan o no a pelo. No lo puede remediar, sabe tantos que se apelotonan en su boca, riñen entre sí, pugnan por salir y, al final, la lengua dispara a los primeros que pilla. Que es así queda demostrado a continuación. Está diciendo que tendrá en cuenta de decir sólo los que convengan a su cargo y, de pronto, dispara cuatro refranes ensartados: la casa llena, el que destaja, el que repica y el de dar y tener. Y vete a saber lo que nos quiere decir con esa sarta.

¡Cómo se enfada don Quijote! Le está diciendo que evite refranes y, en un instante, ataca con una “letanía” de ellos. Le advierte, ya más calmado, que su plática refranera será “desmayada y baja”.

El andar a caballo es un tema principal, ha de parecer caballero y no caballerizo. Ni echarse hacia atrás, ni llevar las piernas estiradas y lejos del caballo, ni tan flojo que parezca ir sobre el rucio.

Ha de madrugar con el sol, para disfrutar del día. Tendrá en cuenta que la diligencia ayuda a los buenos deseos y la pereza jamás.

Como “último consejo” provechoso, quiere que lleve en la memoria que nunca se ponga a “disputar de linajes”, comparándolos odiosamente. No creo que el linaje de los Panzas se preste a disputas.

Su vestido será: “calza entera, ropilla larga “y “herreruelo un poco más largo”. Ropa que le cubra bien, nada de greguescos que dejan al aire los muslos. Esos son propios de la soldadesca, nunca de caballeros andantes o gobernadores.

(Continúa)


Un abrazo de:

María Ángeles Merino

Copiado de "La arañita campeña", de la entrada con el mismo título.

Enlace:
He consultado el trabajo "Sancho se hace", de Antonio Barbagallo.

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