domingo, 1 de febrero de 2015

Tosilos y sus flechas del amor.


Cupido y sus flechas.

Comentario al capítulo 2.56 del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada titulada "Amor a primera vista"correspondiente al día 1 de julio de 2010. 

De la descomunal y nunca vista batalla que pasó entre don Quijote de la Mancha y el lacayo Tosilos, en la defensa de la hija de la dueña doña Rodríguez

Estos duques son insaciables, no se cansan de tanta burla. Aquel día apareció el fiel mayordomo a contarles, con pelos y señales, todo las palabras y acciones del pobre Sancho, en Barataria. Con qué gusto escuchan lo del asalto a la ínsula y el miedo de Sancho, bien adobado y encarecido por este… ¿Cómo llamaban, en el XVII, a pelotas y lameculos? Por cierto, no se te ocurra aparecer por aquí, mayordomo…

Llega el día de la batalla. El duque está muy puesto en esto, es la única “ciencia” que conoce un señor feudal. Advierte a Tosilos como ha de avenirse para vencerle, sin matarle ni herirle. ¡Menos mal! Las lanzas irán sin hierros, el Santo Concilio no permite batallas con peligro de la vida, así se le ha de advertir al andante caballero. Se le da campo franco, eso sí.

Don Quijote, sumiso, manifiesta su total conformidad con lo que mande su excelencia.

Llega el día, jueces y dueñas demandantes se instalan en un cadahalso, qué palabra tan siniestra . Acude mucha gente deseosa de asistir a espectáculos novedosos, si hay sangre mejor. Nadie había visto algo semejante a la batalla entre Tosilos y don Quijote, ni había memoria de ello.

Entra el maestro de ceremonias, revisa el campo por si hay algún engaño o cosa en que tropezar. Entran, tapadas hasta los ojos, dueña y dueñita, mostrando gran pesar.

Don Quijote espera en la estacada. Tutú, tutú, suenan las trompetas y asoma Tosilos, sobre un caballote frisón de patas lanudas, más apto para el arado que para un torneo. La visera lleva calada y las armas relucientes.

Vaya, mi ordenador ya está haciendo tonterías, espero que no sea el mayordomo rastrero. A ver, no...¿Quién eres?


Me presento: me llamo Tosilos y soy lacayo de mi señor, el duque. Acabo de despistar a ese mayordomo que vuestra merced acaba de citar. Le he dicho que su excelencia preguntaba por él y ha salido a toda priesa.

Bien me ha informado mi amo. Soy un "valeroso combatiente", tanto que he de huir al primer encuentro porque en ninguna manera he de matar a don Quijote.

Llego donde está la Rodríguez y echo un vistazo a esa que me pide por esposo. Una mocosa tan melindrosa como su gruñona madre. Esto...¿qué veo? Se le cae el manto. ¡Cómo ha empollinado la creatura! ¡Ay, que me mata con esa mirada! ¡Qué boquita de fresa! ¡Ay, la blancura de su tez!


El maese de campo , ante mi presencia y la de caballero andante , pregunta a la madre y a la hija si consienten que el de la Mancha vuelva por su derecho. Ellas dicen que sí, que dan todo por válido.

Los duques están acompañados por una ruidosa multitud, la cual espera la victoria de uno de los dos combatientes. Si venzo quedo libre del casorio, si vence don Quijote me he de casar con la mochacha, lo cual ahora que la he visto bien vista…

El de las ceremonias nos parte el sol y nos coloca, a cada uno, en nuestro puesto. Retumban tambores y trompetas, la tierra tiembla a nuestros pies , los corazones en suspenso…Don Quijote encomendándose a Dios y a esa Dulcinea del Toboso que siempre tiene en la boca, espera la señal para atacar.

Nada de arremetidas, en lo que pienso es en mi enemiga, la más hermosa del mundo entero. El niño cegato, ése que llaman Amor, o Cupido, ha debido espetar mi corazón, con una de sus lanzas. ¿Es locura o es amor?

No suena la trompeta o es que yo no la oigo ; pero Don Quijote arremete y, corriendo todo lo que le permite su caballejo, parte contra mí. Su escudero Sancho dice no sé que de natas y de flores y le desea la victoria. Yo no me muevo, aunque viene a por mí.

Llamo a voces al maese de campo y le pregunto si la batalla es porque yo me case o no me case con la señora, allí presente. Me lo confirma y declaro, ante el asombro de todos, que no puedo seguir con la batalla porque yo… ¡yo me quiero casar con ella!

Admirado y mudo queda el maese, buen sabidor de todas las ducales maquinaciones. Don Quijote se para en seco, al ver que no le ataco. El duque no entiende, el maese le cuenta y su mirada mata, cual si fuera un basilisco.

Pero yo, ni caso. Me acerco a doña Rodríguez y declaro, a voces, que quiero casarme con su hija, sin “pleitos ni contiendas”.

Al “valeroso” don Quijote le parece de perlas que nos casemos, así todo queda arreglado. Por ahí viene el duque, la que me va a caer va a ser suave.

Se dirige a mí como “caballero” y quiere que le confirme si, dándome por vencido y azuzado por mi conciencia, me quiero casar con la doncella. Respondo afirmativamente y el escudero me dice que hago bien con un refrán que no entiendo.

Me va faltando el aire y pido que me ayuden a desenlazarme la celada. Me la quitan apriesa y todos ven mi rostro de pobre lacayo. Doña Rodríguez y su hija montan en cólera. Dan grandes voces proclamando el engaño, han puesto a Tosilos en lugar del verdadero esposo. Sí, a ése que le echen unos galgos…

Piden justicia por la malicia o bellaquería: mas don Quijote les dice que ni lo uno ni lo otro, ni el duque tiene nada que ver. ¡Han sido no sé qué encantadores que desean quitarle la gloria de vencer! Ellos han trocado el rostro de aquel que dio palabra de casamiento y han puesto la mía. Se le ha debido secar el celebro a este loco.

A pesar de los encantadores, el loco le aconseja que se case conmigo, que sin duda soy yo con quien desea casarse esta mochacha. ¡En esto el loco habla con sensatez!

Mi señor, a punto de reventar de risa, disimula y dice que, para casarnos, habrá que esperar quince días. ¡Ay, que me tendrán encerrado ese tiempo, por ver si vuelvo a mi estado original! Se les pasará el rencor, en ese plazo, a los encantadores.

Sancho no está de acuerdo, que esos malandrines tienen costumbre de mudar las cosas. Que a un caballero con espejos lo cambiaron por un bachiller de su pueblo. Y que su señora Dulcinea del Toboso es ahora una rústica labradora. Y, que así, me quedaré en lacayo toda la vida. En eso, no anda desacertado, no.

Por fin habla la hija de Rodríguez, qué voz tan dulce la suya. Y proclama que, sea quien sea yo, me lo agradece y más desea ser la mujer de un lacayo que no la burlada de un caballero que no lo es. ¡Así se habla!

En resolución, me encierran hasta ver en qué me transformo. ¡Qué gracioso el duque! Aclaman a don Quijote y muchos quedan decepcionados porque no nos hemos despedazado.

Mi futura esposa y mi futura suegra quedan contentísimas. Por una vía u otra, hay boda. Y yo en este lóbrego calabozo. Paciencia, Tosilos, paciencia.

Un abrazo de María Ángeles Merino


Copiado de "La arañita campeña", de la entrada con el mismo título.
http://aranitacampena.blogspot.com.es/2010/07/tosilos-y-sus-flechas-del-amor.html


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