sábado, 28 de febrero de 2015

Que trata de la Libertad, santos a caballo, agüeros, la ceguezuela Altisidora, una Arcadia fingida y un tropel de toros . Menudo menudeo (2)

Ana Queral pinta al Quijote.

Segunda parte del comentario al capítulo 2, 58 del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada titulada "La libertad y sus consecuencias, con subrayado pastoril y toros", correspondiente al día 16 de julio de 2010.

Dice bien Sancho, pero ahora don Quijote quiere matizar aquello que dijo de tener por buen agüero el ver tal muestrario de imágenes. Eso que el vulgo llama agüeros no se funda “sobre natural razón”, son felices acontecimientos y nada más. Y eso ha querido decir nuestro caballero, que un cristiano y discreto caballero andante no cree en tales supercherías, no es un agorero “mendoza” que se acongoja si derrama la sal. A los malos agüeros se les da la vuelta, se les ve como buenos y asunto terminado…

Sancho asiente y vuelve con Santiago Matamoros, quiere que le aclare por qué es costumbre española entrar en la batalla al grito de « ¡Santiago, y cierra, España!» Se pregunta si está España abierta y hay que cerrarla. Don Quijote le tilda de simplicísimo y le explica que Dios nos dio al de la cruz colorada por patrón, qué cruz. Por eso, se le pide amparo cuando atacan los agarenos. Y se presenta en persona, que hay quienes le ha visto faenando en algunas gloriosas batallas “derribando, atropellando, destruyendo y matando” al islámico enemigo. ¡Un santo; oiga!

Como no se entera de lo que cierra Santiago, Sancho cambia de tema. Ahora se muestra “maravillado” de la desvergüenza de aquella Altisidora, tan ceguezuela como el rapaz que la traspasó con sus flechas, ése que llaman Amor. Don Quijote le advierte que el primer efecto del amor es quitar la vergüenza y, despojada de ella, declaró Altisidora esos deseos que confundieron al viejo hidalgo.

El escudero, que a estas alturas se toma todas las confianzas, tacha a su amo de cruel, desagradecido y de corazón duro. Y no se explica qué vio Altisidora para enamorarse de esa manera. Que si, en don Quijote, se ven “más cosas para espantar que para enamorar”…no sabe “de qué se enamoró la pobre”. Vamos, que le llama feo con toda la desvergüenza. Pero el aludido le advierte, con toda paciencia, que hay dos hermosuras: la del alma y la del cuerpo. La del alma se muestra en las buenas cualidades morales que también caben en un hombre feo. Su amo sabe que no es guapo; pero no es ningún monstruo y eso es suficiente si va unido a las dotes del alma.

Razonando y platicando, se apartan del camino y entran en un bosque. De pronto, el caballero andante se enreda en unas redes de hilo verde, tendidas de unos árboles. Lo interpreta en clave caballeresca: está ante una nueva aventura, obra de los encantadores que le han enredado, para que no siga su camino. Se vengan por haber sido riguroso con Altisidora. Pues que se enteren, si en vez de hilo fueran de diamante las rompería igualmente.

Caballero y escudero se abren paso entre las redes y ven salir, entre árboles, a dos hermosísimas y jovencísimas pastorcillas, vestidas con sayas y pellicos; mas tan ricas son las telas que niegan su pastoril condición. Sus cabellos, tan rubios que con el sol pueden competir, libres vuelan libres por sus espaldas, pero se coronan con delicadas guirnaldas de laurel y amaranto.

Hermosa vista que admira a Sancho, suspende a don Quijote, detiene al sol e impone el silencio…hasta que habla una de las zagalas, para pedirle que no rompa las redes, tendidas para pasatiempo y no para hacer daño. También desea decirles quiénes son. Son hidalgos y gente principal de una aldea cercana que se entretienen representando una nueva Arcadia, pastorilmente vestidos. Traen aprendida una égloga de Garcilaso y otra de Camoens. Gente que lee…

Tienen plantadas sus tiendas de campaña, al lado de un arroyo, junto a un prado ameno. Como les faltaba el detalle de los pajarillos, tendieron unas redes. Don Quijote, si gusta de ello, puede ser agasajado como huésped de este grupo tan bucólico.

Nuestro caballero está encantado con el juego literario, aunque lo suyo sea de otro género. Manifiesta haberse quedado atónito con la belleza de la primera zagala y alaba el asunto de sus entretenimientos. Ofrece sus servicios como bienhechor de todos y, en especial, de la gente principal. Y se presenta como don Quijote de la Mancha…

La otra bella pastorcilla ha leído el libro y comunica alegremente a su amiga, la ventura que supone tener delante a este señor. El más valiente, el más enamorado y el más comedido del mundo. Y ahí está su escudero Sancho Panza, el más gracioso.

Su compañera cae en la cuenta de que conoce de “oídas” al caballero. Y sobre todo ha llegado a sus oídos su fama de “leal enamorado” de la hermosa Dulcinea del Toboso. Hay que suplicarle que se quede, para disfrute de sus padres y hermanos…

Muy galantemente deja compartir “la palma de la hermosura” con su Dulcinea, pero don Quijote no puede detenerse, ha de atender las obligaciones de su profesión.

Ahora llega el hermano de una de ellas, vestido también de pastor engalanado. También ha leído la quijotesca historia y le pide que vaya con él a sus tiendas. Le convence con masculina persuasión.

Se llenan las redes de incautos pajarillos y se juntan más de treinta personas vestidos a la moda pastoril. Reciben no poco contento al saber que tenían delante, en carne y hueso, a los personajes de aquella conocida historia.

En las tiendas, las mesas ofrecen una buena comida. Don Quijote come con ellos y todos le miran y admiran. Alzan los manteles y alza el hidalgo su voz, para dar un reposado discurso, dando unas cuantas vueltas al agradecimiento. El desagradecimiento es un pecado del que ha procurado huir. Y en agradecimiento a las mercedes recibidas, proclamará que las señoras zagalas son las más hermosas y corteses del mundo, exceptuando sólo a Dulcinea. Y lo hará durante dos días, en el real camino.

Sancho, entusiasmado, pregunta si puede haber quien diga que su señor está loco, diciendo lo que dice. Y a don Quijote le molesta muchísimo la salida de su escudero. Con el rostro encendido le reprende agriamente, llamándole tonto, bellaco, malicioso…Le manda callar y ensillar a Rocinante. Con gran furia, se levanta de la silla, dejando a los presentes en la duda, si es loco o cuerdo.

Puesto sobre Rocinante, con su escudo y su lanza, se coloca en medio de un real camino, cercano a la Arcadia. Le sigue Sancho con su rucio y toda la gente del “pastoral rebaño”, deseosos de ver en qué para su extravagante ofrecimiento.

¡Y hiere el aire con sus palabras! Se dirige a todos los que pasan por el camino, proclamando que don Quijote de la Mancha está allí puesto para defender la superior hermosura de “las ninfas habitadoras de estos prados y bosques” sobre todas…dejando a un lado a su señora Dulcinea. Y si alguien es de parecer contrario, allí lo espera.
Ana Queral pinta al Quijote


Dos veces lo repite y nadie aparece…Pero, poco después, aparecen muchos hombres a caballo, con lanzas y mucha prisa. Los “pastores” los ven y se apartan. Sólo don Quijote se está quedo, con Sancho escudado en las ancas del rocín.

Uno de los lanceros, a grandes voces, le dice que se aparte, porque unos toros le harán pedazos. No hay toros que valgan para don Quijote, el cual insiste en que los lanceros confiesen lo que él ha publicado.

Un tropel de toros bravos, con mansos y cabestros, pasan sobre don Quijote, Sancho, Rocinante y el rucio. También los vaqueros y otros que llevan los toros a encerrar. Sancho molido y espantado don Quijote. El rucio y Rocinante también llevan su parte.

Cuando consigue levantarse, don Quijote corre tras la vacada y vocea a la “canalla malandrina”, pero los corredores no hacen ni caso a sus amenazas. Cansado y enojado, espera a que lleguen Sancho, Rocinante y el rucio. Suben amo y mozo y siguen su camino, sin despedirse de la Arcadia fingida.

Un abrazo de María Ángeles Merino

Copiado de "La arañita campeña", de la entrada con el mismo título.
http://aranitacampena.blogspot.com.es/2010/07/que-trata-de-la-libertad-santos-caballo.HTML

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