jueves, 3 de octubre de 2013

“que no parecían sino dos pedazos de blanco cristal que entre las otras piedras del arroyo se habían nacido”


Recordamos a la Venus de Botticelli o a Garcilaso de la Vega.. O a …la publicidad actual de un champú.

En el capítulo anterior, leyendo a Cardenio expresarse en primera persona, manifestaba yo vivamente aquello de: ¡A mí el narrador omnisciente!, ante la pesadez del discurso del Roto.

Ahora tenemos otra vez esa voz sabelotodo, en tercera persona, remedando el estilo grandilocuente de las novelas de caballería. Para empezar nada mejor que un buen superlativo para abrir boca. Felicíiiisimos fueron los tiempos y audacíiiiiisimo el caballero.

Nos espera una sorpresa: una mujer de verdad, nada que ver con la irreal Dulcinea. La bella Dorotea es valiente, decidida, inteligente, trabajadora y resistente a la adversidad, a pesar de los tres atropellos sufridos. Una labradora rica que organiza las tareas de sus jornaleros, cose, hila, lee libros sí, pero devotos, toca el arpa y va a misa con vigilancia. Esta mujer tan recatada y atareada podría ser un reflejo de Catalina de Salazar, la hidalga de Esquivias, esposa de Cervantes que tuvo que arreglárselas sola en su aldea, durante las largas ausencias de un esposo muy viajero, no se sabe si a negocios o si va al buen tuntún.

Dorotea hace su aparición vestida de labrador. Mientras se lava los pies en un arroyo se lamenta haciéndose a sí misma una preguntita retórica de lo más natural: “¿Si será posible que he ya hallado lugar que pueda servir de escondida sepultura a la carga pesada deste cuerpo, que tan contra mi voluntad sostengo?

“Otro capítulo sin Quijote y sin Sancho, tenemos a Cardenio con el cura y el barbero, caray con el cura, mirando embobados algo prohibido: unos pies femeninos “que no parecían sino dos pedazos de blanco cristal que entre las otras piedras del arroyo se habían nacido”. Esta bellísima imagen, la de los pies fundiéndose con los guijarros, una de mis favoritas, se completa después con otra todavía más prohibida: la pierna que “de blanco alabastro parecía”. Las manos no podían ser menos, ”parecerán pedazos de apretada nieve”

Después del tópico de la blancura, el tópico del los luengos y rubios cabellos “, que “pudieran los del sol tenerles envidia”. Recordamos a la Venus de Botticelli o a Garcilaso de la Vega.. O a …la publicidad actual de un champú.

Tras quitarse la montera, el pelo la cubre todo el cuerpo y descubre su condición femenina. Pensamos en la doncella guerrera del romance que no fue descubierta por el pelo, ya cortado, sino por hablar en femenino y decir “maldita sea yo.”. Nos cuenta su tremenda historia de mujer deshonrada por triplicado, víctima del capricho de un noble que no repara en gastos, de una criada traidora… la rígida estructura social...No hay salida para esta mujer, sólo la sepultura como dice ella. Tranquilos, al de Alcalá de Henares se le ocurrirá algo.

Cardenio escucha asombrado, haciendo conjeturas y trasudando. Contrasta la fortaleza psíquica de Dorotea con la debilidad de Cardenio que ha caído en la locura más degradante.

Si pensaba el lector que esta danza de parejas cambiadas se terminaba en este capítulo. Cardenio, y Luscinda, Dorotea y Fernando tienen todavía mucha cuerda ¿Cómo arreglará esto el genio del escritor?

María Ángeles Merino

Pedro Ojeda Escudero dijo:

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