domingo, 12 de abril de 2015

Bromas, las de este capítulo, poco afables y nada honestas.

 

"Que trata de la aventura de la cabeza encantada, con otras niñerías que no pueden dejar de contarse"

Don Antonio Moreno se llama el hospedador, aquel guía anónimo, el “avisado de Roque”, el de la bienvenida, en la playa. Ahora don Quijote está alojado en su “rica” casa y Cervantes cae en la cuenta de que ha de ponerle un nombre.

Es un caballero “discreto”, amigo de “holgarse”; pero sin perjudicar a nadie, que sus bromitas han de ser honestas y afables. Quiere que don Quijote exhiba “sus locuras”, para hacer unas risas, sin hacerle pupa. Afablemente, ordena que le quiten tanta chatarra y lo saquen con su ropilla de gamuza, tan ajustadita, a un balcón que da a una calle principal. Honestamente, lo colocan allí, donde los muchachos lo contemplen como a mono de feria y él vea bien a los de las libreas, que para él se han vestido así.

Sancho, contentísimo, piensa que aquí la mesa va a estar tan bien abastecida como aquellas de Camacho, don Diego o los duques.

Aquel día, don Antonio, come con unos amigotes ávidos de burlas, que tratan al burlado como a un auténtico caballero andante. Don Quijote, tan hueco, no cabe en sí de gozo y Sancho exhibe sus gracias ante un público pendiente de su boca.

Don Antonio, basándose en un pasaje del Avellaneda, dice que Sancho es tan amigo de albondiguillas que guarda en el seno todas las que sobran. El escudero protesta, él es muy limpio y no hace jamás eso. Otra cosa es que no desaproveche la oportunidad, si le ofrecen comida, lo de la vaquilla aplicado a la pitanza.
 
"Acá tenemos noticia, buen Sancho, que sois tan amigo de manjar blanco y de albondiguillas , que si os sobran las guardáis en el seno para el otro día."

Su amo le defiende, parece tragón porque come a dos carrillos; mas nunca falta a la limpieza y, en su cargo de gobernador, ha aprendido a comer con tanto melindre que las uvas y las granadas las come con tenedor.
"y en el tiempo que fue gobernador aprendió a comer a lo melindroso: tanto, que comía con tenedor las uvas"

¿Gobernador? ¿Ha dicho gobernador? Por ahí van a seguir la broma. Y, muy digno, el aludido responde que así fue y nada menos que de la ínsula Barataria. Durante diez días la gobernó “a pedir de boca”, aludiendo irónicamente al hambre que pasó. Allí aprendió a despreciar todo gobierno y, en consecuencia, huyó y fue a caer a una cueva, de la que milagrosamente salió. Los oyentes se enteran de muy poca cosa, pero ahí está don Quijote para contarles lo menudo.

Y, después de comer, don Antonio muestra a su invitado, en un retirado aposento, una broncínea cabeza como de emperador romano. Lo que le va a contar ha de guardarlo en secreto. Don Quijote así lo hará, que él tiene oídos pero no tiene lengua. Déjese ya de tantas prevenciones, señor Moreno.

A continuación, don Antonio le toma de la mano y se la pasea por la cabeza, la de metal, y por su jaspeado pie. Y le cuenta que la fabricó un famoso hechicero y que responde a todo lo que le preguntan al oído. Hay que esperar a mañana porque hoy es el día que le toca librar y está mudita. Don Quijote puede ir preparando sus preguntas. Admirado queda, aunque alguna duda le asalte, y le da sin más las gracias. Van a la sala donde están los demás caballeros, muy entretenidos con lo que, de don Quijote, les ha contado Sancho.

Por la tarde sacan a pasear a don Quijote, sin Sancho, sin armas y vestido de “rúa”. Han dispuesto una gruesa y larga vestimenta, un balandrán. Tras envolverle en tan abrigada prenda, le cosen, a las espaldas, un pergamino que dice: “Éste es don Quijote de la Mancha”. La gente lo lee y don Quijote se admira de que tanta gente le conozca, incluso los chiquillos. Él lo interpreta como un privilegio de la caballería andante, la cual hace famoso a quien la profesa.

Don Antonio le sigue la corriente, que hay que ver como resplandece y campea la virtud del que profesa las armas.

Todo es aplauso hasta que alguien alza la voz, es un castellano fino que llama al pan pan y al vino vino. Ni “ñerro”, ni “cadell”. Se pregunta, como nosotros tantas veces, cómo puede estar todavía vivo, después de tanto golpe. Le llama loco y le acusa de volver locos a los demás, como a éstos que le acompañan. Y le exhorta a marcharse a su casa, que va a terminar con el seso carcomido y el entendimiento desnatado. ¡Hala!, a cuidar de esa mujer y esos hijos…que no tiene. Ahí metiste la patita, castellano.

Don Antonio le pide que siga su camino y no dé consejos a quien no los pide. Le asegura que don Quijote es muy cuerdo y el acompañamiento no es necio. El castellano responde que, aunque sea inútil aconsejar a este hombre, le da lástima que no emplee mejor su ingenio y que no dará consejos nunca más.

De todas maneras, Cervantes pone de manifiesto que, aquí, sí puede existir una voz discordante. Don Quijote y Sancho no están en la corte feudal de los duques, donde nadie osaría llevar la contraria al aparatoso montaje burlón de unos nobles. Están en Barcelona, en un ambiente urbano y burgués, menos opresivo. “El aire de la ciudad nos hace libres”, se decía ya en la Edad Media y sigue siendo una realidad en estos primeros años del XVII.

El gentío se apresura demasiado, se apelotona en torno al rótulo, para poderlo leer y don Antonio decide quitárselo, con disimulo. Se acabó la broma, amigos, vamos a otra.

Vuelven a casa, donde la “alegre, hermosa y discreta” mujer de don Antonio ha organizado un sarao, para honrar al huésped y gustar de sus locuras. Acuden sus amigas, se cena muy bien y comienza el baile, a las diez.

Entre las damas hay dos honestísimas, por supuesto, pero un poquito picaronas y atrevidillas. Rápidamente sacan a bailar a don Quijote y le muelen el cuerpo y el alma. Compone nuestro hidalgo una garbosa figura: largo, flaco, amarillento, desgarbado y torpe. Las muy descaradas le piropean con disimulo y él, en respuesta, muestra su desdén. Hasta que no puede con los zancajos y les dedica un latinajo exorcista. Déjenlo en paz, por Dios, que Dulcinea no consiente que perturben así la castidad del caballero.

Y se sienta en mitad de la sala, hecho polvo de tanto ejercicio. Le llevan a la cama y Sancho le regaña cariñosamente, no es fácil danzar, por muy valiente que se sea. Él mismo confiesa zapatear “como un girifalte”, pero nada sabe de danza. Los del sarao imaginan al escudero zapateando y ríen con ganas, a ver si se pone a ello. Pero no, a lo que se dedica es a arropar a su amo, para que sude el frío del baile.

Al día siguiente, le parece a don Antonio que ha llegado el momento de probar el artilugio de la cabeza encantada. Se encierra con don Quijote, Sancho, dos amigos y dos amigas, las picaronas del sarao. Les explica la propiedad del busto parlante y les dice que va a probarse, por primera vez.

Ana Queral pinta al Quijote.

Don Antonio se acerca al oído de la cabeza y, en voz baja, pero audible, le pregunta qué está pensando él ahora. Se oye una voz que afirma no juzgar de pensamientos. Todos se quedan atónitos, allí no hay nadie más que pueda responder. Ahí va otra pregunta: cuántos están en la habitación. La misteriosa voz contesta correctamente y, además, se refiere a don Quijote como “caballero famoso” y a Sancho como “escudero”.

Todos admirados y espantados, como escarpias... Ahora que pregunten los demás y así lo hacen. Belleza, maridos, hijos, salud, herencias...Las respuestas que da la cabeza son acertadas, sensatas, alguna un poco guasona.

Don Quijote está deseoso de preguntar lo suyo. Si fue verdad o sueño lo de la cueva de Montesinos, si Sancho se dará los azotes y si se desencantará Dulcinea. Y responde que a lo de la cueva hay mucho que decir, que los azotes irán despacio y el desencanto llegará. Don Quijote no quiere saber más, si Dulcinea se desencanta es como si llegaran de golpe todas las venturas.

Sancho pregunta si tendrá otro gobierno, si saldrá de la estrechez escuderil y si verá a su mujer e hijos. Le contesta que gobernará…en su casa, si vuelve a ella. Verá a su familia y si deja de servir…dejará de ser escudero. La respuesta no le satisface, le parece de Perogrullo. Don Quijote le llama bestia y le dice que le ha contestado y con eso basta. A Sancho le sabe a poco.

Se acaba el juego de preguntas y respuestas, todos quedan admirados, con excepción de los dos amigos del busilis.

La voz omnisciente nos añade que Cide Hamete quiso luego declarar el misterio de la cabeza, para que nadie creyera en algún “hechicero misterio”, encerrado en la cabeza. Y nos aclara que don Antonio la encargó, a imitación de otra que vio en Madrid, para divertirse con los ignorantes. La cabeza y la mesa estaban huecas, también el pie, en comunicación con el aposento de abajo, por medio de un cañón de hoja de lata. Ahí se instalaba el respondiente, un sobrino de don Antonio, un estudiante listillo.

Y añade Cide Hamete que la máquina sólo duró unos doce días porque se divulgó, por toda la ciudad, la noticia de la cabeza encantada. Y temió su dueño que llegase a oídos de “las despiertas centinelas de nuestra Fe”, la Santa Inquisición. Por si las moscas, declaró el mismo “el caso a los señores inquisidores”, los cuales le ordenaron que lo destruyese, para no escandalizar al “vulgo ignorante”.

Pero don Quijote y Sancho están convencidos de que han hablado con una cabeza encantada, sobre todo nuestro hidalgo.

Un abrazo de María Ángeles Merino
(Sigue)
Copiado de "La arañita campeña", de la entrada con el mismo título.
http://aranitacampena.blogspot.com.es/2010/08/bromas-las-de-este-capitulo-poco.html

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