sábado, 31 de mayo de 2014

El cabrero que zurra y los flagelantes que se zurran

"...yo sacara del monesterio...a Leandra, a pesar de la abadesa y de cuantos quisieran estorbarlo"


"El canónigo pidió al cura le avisase el suceso de don Quijote, si sanaba de su locura o si proseguía en ella, y con esto tomó licencia para seguir su viaje"

"De la pendencia que don Quijote tuvo con el cabrero, con la rara aventura de los disciplinantes, a quien dio felice fin a costa de su sudor"

El cabrero, la procesión y la vuelta de don Quijote a la aldea. Son las tres piezas que Cervantes encaja en este último capítulo de la primera parte.Todo parece ir como la seda. Sentados en el prado ameno, comen las abundantes viandas canónigas, escuchan con gusto el cuento de Leandra y el cabrero invita al postre… ¡Tenía razón el señor cura! Los montes crían letrados Pero Cervantes va a poner esto patas arriba. Va a hacer trizas la placidez bucólica y se va armar una que nos va a dejar temblando. Contraste barroco habemus…

Don Quijote se disculpa, por no poder emprender aventura alguna. Le gustaría, pero no puede, liberar a Leandra de su encierro conventual. Pero, el cabrero señorito pregunta quién es ése, con tan mala pinta, que habla así. Tras recibir una irónica información por parte del barbero, se dirige al extraño personaje, calificándolo de cabeza vacía. El de la Triste Figura contesta que la vacía, puta e hideputa será la madre que parió al que así le habla y lanza un pan que casi deja chato al deslenguado.

A partir, de lo del pan, sobre platos y tazas, llueven los mamporros, mojicones, arañazos y coces. Y menos mal que al cabrero, ensangrentado y coceado, se le impide coger el cuchillo. Don Quijote y Sancho también salen muy mal malparados y llueve sobre mojado, que sólo con sus lesiones antiguas ya se llenaría un libro de Traumatología. ¿Cómo sobreviven así, sin un mal servicio de Urgencias? nos preguntamos...

Llama la atención la insensibilidad de los que les contemplan el combate, incitándolos como a perros de pelea. El cura y el canónigo, muy cristianamente, revientan de risa. Los cuadrilleros, la ley y el orden, saltan de gozo. Aquí Cervantes carga las tintas…

El sonido tristísimo de una trompeta da la vuelta, otra vez, al capítulo. Cesan los contrincantes, entre otras razones porque ya no pueden más, y desfila ante sus ojos una procesión de flagelantes , con una imagen de la Virgen llorona. El narrador sabelotodo nos aclara que aquel año había sido de sequía, en esas tierras. El cielo había negado su rocío a los campos y, los de la aldea .venga latigazos, venga paseos hasta la ermita con la señora enlutada, a ver si la voluntad divina cambia y se abren las nubes con el preciado elemento. ¡Ay Erasmo, Erasmo! ¿Religión por fuera o por dentro?Parece ser que estas procesiones de flagelantes eran algo habitual, algo que don Quijote debía haber visto muchas veces. Gente abriéndose las carnes con un latiguillo acabado en púas, normal….

Pero él lo interpreta en la clave de su locura y se lanza a liberar a la pobre señora que llevan cautiva. En el intento, recibe un golpe tal que Sancho, dándole por muerte recita un planto, al más puro estilo caballeresco, que, a pesar de sus cómicas equivocaciones, muestra su calidad humana.

Los de la procesión, ven a los cuadrilleros con sus ballestas, no quieren que les carguen con el muerto y echan a correr cobardemente, con la falda y los capirotes arremangados, luciendo los cirios y las disciplinas.. ¡Ay Erasmo, Erasmo! ¿Religión por fuera o por dentro?

El cura conoce a otro cura de la procesión y tanto unos como otros se sosiegan. Aquí no ha pasado nada.

Don Quijote pide a Sancho que le coloque en el “carro encantado”, dado el estado de su dolorido hombro. Sancho lo hace de buena gana y, de paso, nos anuncia una nueva salida, tras la estancia en la aldea. Don Quijote atribuye su mala racha a un “mal influjo de las estrellas” que hay que dejar pasar. ¡Cervantes astrólogo!

La procesión sigue su camino y s la hora de las despedidas. Se despide el cabrero y los cuadrilleros no quieren pasar adelante, cobran y se van. ¡Por fin perdemos de vista a este pelmazo de canónigo! El cura le informará si don Quijote sana de su locura. Se quedan solos el cura, el barbero, don Quijote y Sancho. ¡Ah! y el bueno de Rocinante, tan paciente como su amo.
Seguiré con la llegada a la aldea.

Un saludo para Pedro y los que nos visitan:

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